viernes, 23 de agosto de 2013

Y ahora... ¿qué?


Y ahora... ¿qué?

            Se dirigió al despacho de su marido para consultar un libro.  Descorrió la puerta con ambas manos  y en el mismo instante en que la abertura le permitió contemplar el interior de la estancia, su mirada fue directa al porta-retratos que contenía su rostro sonriente y feliz, situado sobre el escritorio brillante de roble macizo.
          
            Al observarlo, boca abajo contra el tablero, un calambrazo recorrió sus tripas y las piernas  le empezaron a flojear. Temerosa de que dejaran de sostenerla, encorvada dio un par de pasos temblorosos hacia una de las sillas destinadas a las visitas, colocadas junto al borde del buró.  Se apoyó en el respaldo para terminar el recorrido que le permitiría dejarse caer sobre el asiento.

            No podía desclavar los ojos del mal colocado objeto. Su cara apelmazada contra el cristal le impedía respirar. Se desabrochó un par de botones del cuello de la blusa mientras se sumergía en la más profunda y densa oscuridad. El marco, a modo de ventosa incrustada en la madera,  inhabilitaba la escapada e impedía la más mínima entrada de aire y luz. Lo peor para ella era la losa que aplastaba su cabeza y de la cual sospechaba no poder liberarse jamás.