jueves, 13 de diciembre de 2012

definitiva


La definitiva

       Elsa estaba terminando de recoger la cocina cuando los alaridos y blasfemias de su marido llegaban desde el área de labranza. Se acercó a la ventana a tiempo de verle pegar una patada al arado y empezar a dar saltos “a la pata coja”, con una mano en el pie que tenía en vilo, emitiendo gruñidos de dolor.

          En cuanto pudo tener sus dos apoyos de nuevo en el suelo, hizo ademán de propinar otro puntapié a su herramienta de trabajo pero, en el último instante, se frenó y dio media vuelta.

           Con los dientes y puños apretados, hombros elevados y cabeza al frente, atravesaba su tierra directo al árbol donde tenía atado a Stan, su perro. De inmediato, el animal adoptaba postura de sometimiento, dispuesto a recibir toda la cólera de su dueño.

           Encogida hasta el alma, Elsa cerraba fuertemente los ojos y tapaba sus oídos.

           —No, no, otra vez no, por favor, no... —decía con mezcla de súplica y sufrimiento.

         Las lágrimas chocaban contra sus párpados. Nada podía impedir que los quejidos de Stan, despertaran su memoria. Sentía los golpes, tan reales, como cuando los recibía ella. Pero el perro era mucho más duro, no se desvanecía, y el martirio se alargaba hasta que, jadeante y sudoroso, su dueño paraba de puro agotamiento.

          Elsa retornaba a la soledad de su cocina, sentándose, lenta y temblorosa, en una silla frente a la mesa. Con los codos apoyados en ella y las palmas de las manos sosteniendo sus sienes, intentaba respirar profundamente para disolver el nudo de culpa instalado en su pecho.

       Se odiaba por haber sentido alivio cuando su marido le comunicó que el perro la sustituiría como saco de golpes, porque ya no le servía para la caza.

            —Curarte a ti, me sale más caro —había concluido con tono triunfante.

           La escena se proyectaba una y otra vez en su imaginario. Fruncía los ojos para impedir verla. Imposible conseguir que dejara de quemar en lo más profundo de su cerebro.

           —¡Soy lo peor!, ¡lo peor! —repetía al son de sus puños golpeando el tablero.

           Dejó caer la cabeza sobre sus antebrazos y lloró como una niña.

          Llenó un pequeño barreño de agua, buscó un trapo y abrió el cajón para coger las tijeras y hacerlo tiras. Mientras cortaba el tejido, las lágrimas volvían a deslizarse por sus mejillas. Recordaba las numerosas ocasiones en que había pensado liberar a Stan y en su cobardía por no haberlo llevado a cabo.

          —¡Dios mío!, que no muera, ¡te lo suplico!

      Con las tiras en una mano, las tijeras en la otra y el barreño lleno esperando en el fregadero, volvió a la ventana. Los ojos se clavaron en su marido. Estaba a punto de terminar la longitud del surco que le mantenía de espaldas y de girarse para comenzar uno nuevo, paralelo y de cara a ella. Mientras él se acercaba, Elsa se desahogaba sabiéndose a salvo de no ser escuchada.

      —¡Tu eres el verdadero animal!, ¡ese perro te entregó sus mejores años!... ¿Cómo puedes?, ¡monstruo, que eres un monstruo!...

          Escuchaba las palabras como si no fuera su boca quien las pronunciara. Algo extraño se apoderaba de ella y estaba dispuesta a dejarse llevar como nunca lo había hecho.

         En el mismo instante en que su marido volvía a virar y a mostrar espinazo, Elsa vio a Stan levantar la cabeza para lamerse la pata.

         —¡Estás vivo!, ¡estás vivo! —exclamó con alivio entusiasmado.

       Miró las tiras y las tijeras en sus manos. Las arrojó contra el suelo y fue en busca de su mejor cuchillo. Echó un nuevo vistazo a su esposo, percibiéndole a una distancia apropiada. Asió el mango del arma fuertemente y, sin pensárselo dos veces, espetó: “¡ahora!”, y salió corriendo.

         Sin despegar la vista del lomo de su esposo, llegó hasta Stan y cortó la cuerda.

         —Vete, Stan, fuera —le dijo casi susurrando.

      El perro logró levantarse a duras penas, pero permaneció inmóvil a sus faldas. Elsa empezó a sacudir sus brazos hacia la lejanía, reforzando el movimiento con golpes de cabeza y repetidos “venga”, emitidos con la garganta casi cerrada. Sus ojos iban y venían del amo al perro y viceversa, el ritmo cardiaco se le aceleraba y Stan seguía sin moverse.

       Elsa decidió ir al porche y coger la escoba para obligarlo. Al darse la vuelta, palo en mano, observó como Stan, en un intento de ir hacia ella, tras dos tambaleantes pasos, se derrumbaba sobre sus patas.

          Elsa, tras comprobar que su marido continuaba a lo suyo, soltó el útil de limpieza y corrió hacia el perro. De rodillas junto a él, acariciaba su cabeza ensangrentada.

         —¡Qué he hecho!... ¡seré estúpida!... ¡si no puedes ni con tu alma!

       Stan alzó un poco la cabeza para dirigirle una mirada y volver a bajarla. Elsa levantó la vista. Su marido comenzaba a voltearse. Se levantó como un resorte quedándose paralizada. Sus piernas comenzaron a temblar y las vibraciones, poco a poco, fueron esparciéndose por todo su cuerpo. Sus dientes castañeteaban y sus sienes retumbaban mientras sus ojos permanecían anclados en su marido que, cuando levantó la cabeza del arado, empezó a vociferar:

       —Pero... ¿qué cojones has hecho?, ¿cómo te atreves? —y dirigiéndose hacia ellos—¡Ahora verás!

          Elsa sintió una punzada en las tripas. Su cabeza iba de derecha a izquierda, mientras su mente buscaba una salida. Su mirada periférica abarcó la furgoneta, aparcada en el lateral de la casa. Su marido alcanzaba la mitad del recorrido.

         Levantó a Stan del suelo protegiéndolo en su regazo, se dirigió a la entrada de la casa, cogió unas llaves de la mesita del recibidor y corrió en dirección al vehículo. Stan emitía gemidos de dolor con el traqueteo.

         —Aguanta, Stan, aguanta.

        Llegaron hasta la puerta del copiloto. Elsa la abrió y depositó a Stan en el asiento con diligencia y cuidado. Bordeó la furgoneta y ocupó el lugar del conductor lo más rápido que pudo. Con la sensación de ser otra persona, introdujo y giró la llave en el contacto.

      La prisa y la falta de costumbre provocaron que, al iniciar su marcha, las ruedas derraparan escupiendo una gran nube de polvo y arena que se estrelló contra la llegada de su marido.

        A través del retrovisor, Elsa le contemplaba, petrificado, observando la furgoneta alejarse.

coincidencias


Coincidencias


     Aquel día, me levanté tan feliz, que pegué un grito y el muro de mi habitación se derrumbó.

            Mi vecino, recién salido de la cama, con el pelo alborotado, se estiraba mientras emitía un sonoro y potente bostezo que me traspasaba, arrastrando mi melena “al viento”.

         Cuando sus ojos se abrieron y me vio, sus órbitas se volvieron como platos, pegó un “alarido” que abrió de golpe la ventana y, a través de ella, echó a volar.

           Tan deprisa iba, que no pudo esquivar al pequeño gorrión que, tras chocar contra él, se le coló por el elástico del pijama.

          Al sentir el impacto, mi vecino bajó la cabeza y su mirada fue directa a su entrepierna. Dos alitas ahuecaban la bragueta y un pequeño pico aparecía, seguido de una cabeza de pájaro, un tanto desorientado.

           El pequeño ave volvió a ocultarse rápidamente tras la abertura, cuando se percató de la presencia de un halcón que, planeando junto al hombre, le miraba con una mezcla de interrogación y amenaza en sus ojos.

        En aquel momento, Carmen, la del séptimo, sacudía una alfombra. El polvo resultante cayó sobre la cabeza del rapaz que, tras tres estornudos, dio media vuelta renunciando a su objetivo.

           Libre de peligro, el gorrión salió de su guarida y comenzó a hacer piruetas alrededor de la cabeza de su salvador dando muestras de alegría. El humano sonrió y dijo: “Vale, vale, ya está bien, que me voy a marear”.

         Entonces, el bicho se colocó bajo su sobaco y, tras guiñarle un ojo, comenzó a aletear. Estuvo hábil para evitar ser atrapado por el brazo que, debido al cosquilleo, automáticamente se plegó, provocando que mi vecino diera un giro de 180 grados. Y, tras gorjear de risa, se despidió con una de sus extremidades, desapareciendo tras una esquina.

      Mi vecino decidió volver a casa, pensando en el rico y energético desayuno que le esperaba. Después de un elegante y suave aterrizaje, comprobó que yo aún estaba allí, inmóvil, sin quitarle ojo.

         Sin moverse del sitio me tendió su mano. Yo, pisando cascotes llegué hasta él y le dí la mía. Y, juntos, nos sentamos a los pies de la cama mirando la ventana.

acorralados


Acorralados


           ¿Mi último recuerdo?:
      
        Cerraré los ojos y contaré hasta tres. Después los abriré y, si no te has ido... ¡juro por Dios que te denuncio!
     
            Uno... ¡no te escucho moverte!

            Dos... ¿estás seguro de lo que haces?

            Tres... ¡Oh, no! por favor, no, ¡Ahhhhhh!

        Y verme, desde el techo, espatarrada en la silla, con un corte de oreja a oreja. ¡Ni cerrarme los ojos pudo!


CR7


Dios salve a “CR7”
(octubre 2011)
     ¡Y que no dejan de “tocar las pelotas” con Cristiano Ronaldo! ¡Hay que joderse! Pero si lo que dice son “verdades como puños”... ¡como puños!

     Ya lo sabía yo... ¡se lo dije! Estaba poniendo la mesa cuando le vi en el telediario y... “¡lo que has dicho, chaval!, ¡la que se va a liar!, ¡ya verás, ya!”, le dije.
     
      Y resulta que... ¡hasta la peluquera “echa pestes”!... ¡pero si lo más redondo que ha visto en su vida... ¡es una onza de chocolate!!Ahora bien, con todo el derecho a criticar, ¡éso sí! Y... ¿lo más escuchado esta semana?... “¿Pero cómo se atreve?” , “¿quién se ha creído que es?”. “Le dijo la sartén al cazo”, pienso yo.

      Y todos tan ofendidos que... hasta me planteo por qué me reí yo. ¿Soy del “género tonto” y me río sin razón? No sé, no sé. Y... ¡me da qué pensar!... ¿Hay alguien más?
    
    No puedo dudar de que sus familiares, entrenadores y amigos le aprecian y quieren, ¡alguno habrá!, digo yo, y de que... ¿cuántas veces le habrán consolado con la típica frase: “No hagas caso, todo es envidia”?, ¿cuántas? Y... ¿cuántas de ellas era cierto?... ¿ninguna?... ¡éso sí, que no me lo creo! Ya se sabe cómo “las gasta” el ser humano con el “mejor de la clase”... o “de lo que sea”, vamos. 

     Pero... ¡que sea él mismo quien lo “escupa”!... ¡Hasta ahí podíamos llegar!, ¡¿quién se ha creído que es?! Pues... ¡solo hay que documentarse un poco!

     Es ese “Adonis” contemporáneo que deleita los ojos de las mujeres, hasta el punto de humedecer sus bragas, cuando, al pasear por la calle, se encuentran con su cuerpazo, solo adornado, por unos calzoncillos de “Armani”... ¡mátame, camión!

    Ése, cuyo primer plano en la tele, provoca que todo novio o marido mire de reojo a su pareja en busca de deseo en sus ojos, que... ¿dónde están?... clavados en la pantalla, por supuesto. ¡Y eso duele!, ¡eh!... Duele tanto... que los hombres no perdonan que esa escultura griega viviente se quite la camiseta en pleno partido, por mucha celebración que sea: “¡Ala!, una tarjeta solo porque el niño quería exhibirse”, reniegan hasta sus hinchas. ¿Y sus mujeres?... por ver en directo semejante “tableta”... ¡”Un pimiento” les importaría que le expulsaran cada partido por doble amonestación! Y es que, un cuerpo tan bien trabajado en un futbolista... ¡por Dios!, ¿cuándo se ha visto éso?… ¡si debería estar prohibido!... ¡pobres machitos españoles!. Y él, mientras tanto, follándose a la rusa del “intimmisimi”... ¡Menuda “jaca”!

    Y en el terreno de juego, ¿qué?... ¿Quién es cuando está sobre el césped?, ¡eh!, ¿quién es? Pues está muy claro, ¡cojones!

     Es esa inversión que, por muchos millones que cueste, saldrá rentable. Ésa, que ni “San “Mou”” puede sentar. El sometido a una autoexigencia, muy por encima de lo que cualquiera de nosotros pudiera imaginar (ni nos esforcemos, vaya).

      El titán que jala como el “correcaminos”, salta y cabecea como el mejor Santillana y que... ¿cómo tira las faltas?, ¿eh?, ¿cómo las tira, el muy pistolero? Solo verle preparado ante el balón y... las telarañas de la escuadra... ¡rezan hasta en latín!, los que forman barrera... ¡se cagan “patas abajo”!, como las abubillas, ¡sí señor!, ¡sí! ¿Y el portero?... “¡mama mía!, ¡quién fuera delantero!”, porque... semejante “trallazo”, imposible de bloquear... ¡a saber qué tipo de efecto traerá!

    Es el que, con sus cambios de ritmo, “bicicletas”, regates y taconazos, “rompe cinturas” y colabora para que el fútbol, algún día, llegue a considerarse Arte. Sí, sí, he dicho Arte... ¡pues no lo son los toros!

     Es ese guerrero que, si el balón está en sus pies y le agarran por detrás... ¡Dios sabe lo que puede pasar! Lo que sea, para que el juego no pare, y más, si se ve solo ante el portero. Y es que, venía de Inglaterra, “la cuna” del fútbol, donde todavía impera la máxima de... “¡el espectáculo debe continuar!”. Y, de repente, juega en un país en el que el equipo de fútbol reinante, está lleno de “expertos-nenazas-quejiconas” capaces de agrandar, hasta extremos realmente teatreros, el más mínimo lance del juego... ¡el equipo del “tiqui-taca”!... ¡manda huevos!... ¡el de la estrategia anti-fútbol!, diría yo.

      Pero, a lo que íbamos, que con él no hay equívocos. Es ése que, por chulo (a lo que ni Hugo Sánchez le gana... ¡a ver quién puede!), tiene que soportar que los árbitros, hasta en Europa (realmente vergonzoso), hallan abierto la “veda Ronaldo” y recibir numerosas y duras patadas mientras ellos se hacen los ciegos. Y que, ni derecho a quejarse tiene porque... ¡merecido se lo tiene!

     Si el “pulga-Messi” recibiera “esos hachazos”... ¿cuántas veces estaría lesionado? Pero no, a él no, a él... “entre algodones”. El Barça no puede quedarse sin su estrella, pero, ¿el Real Madrid?... ¡que se joda si le pasa!, por ser el “club del talonario”. Y qué pasa con aquéllo de “a Dios lo que es de Dios... y al César lo que es del César”.

       Y a la preguntita “¿Por qué crees tú que te pitan?”: si estuviera entre sus filas, “otro gallo “pitaría””. Y a la periodista... “que si tiene una de deportes”, ¡que no paran de “joder la parva”! Y al “populacho”... “el que se pica, ajos come”, y que no sería envidia, si la envidia no existiera, pero por algo está considerada uno de los 7 pecados capitales... ¡se dice pronto!

       Y por último, aclarar, que no respondió el Oráculo. Lo hizo Cristiano Ronaldo, “CR7” para lo que realmente importa. Y lo demás... ¡mera supervivencia! Todo gladiador, necesita su coraza.

       ¡Ojalá!, a Cristiano le proteja muchos años, porque de lo contrario, tal y como está el “patio futbolero”, y no futbolero... “Dios salve a "CR7”.

Un té 

Abrí la puerta y me encontré con mi amiga Laura, aquélla con la que compartí pupitre durante el bachillerato con las monjas y que decidió dedicarse a Dios. Estaba pálida y tenía las manos llenas de sangre.
Pero... ¿Qué ha pasado? —exclamé mientras agarraba sus antebrazos, girándolos para ver bien la palma de sus manos.
Me miraba con los ojos tristes y dulces de antaño, un poco más pequeños y arrugados, llenos de lágrimas. Intentaba decir algo, pero el llanto solo le permitía balbucear sonidos ininteligibles.
Chis, chis, no digas nada —le susurré acurrucándola entre mis brazos.
—“Tranquila, Marina, tu amiga no está herida, esa sangre no es suya...”
De pronto, estalló en mi pecho. Abrazadas en el umbral, mi mano acariciaba su cabeza mientras sus lágrimas calaban mi camisón.
Suavemente, nos separamos. Laura, cabizbaja, sacó un pañuelo y empezó a sonarse fuertemente. Parecía querer expulsar todo el dolor que sentía dentro.
Algo aliviada, secó su nariz, hizo un ovillo con el pañuelo y, totalmente ensangrentado, lo metió en su bolsillo.
Pasé mi brazo por encima de su hombro y la conduje hasta la cocina.
Siéntate aquí, voy a preparar té —dije mientras apartaba una de las dos sillas de la mesa.
Abrí el mueble para coger la tetera. Mientras el agua hervía me senté en la otra silla, frente a la suya, y cogí de encima de la mesa todo lo necesario para hacerme un porro.
Seguramente hace años que no fumas. No creo que estuviera bien visto en el convento.
Un ápice de sonrisa apareció en su rostro.
El  último, nos   lo  fumamos    juntas en  esta   misma  mesa  —contestó con un hilo de voz.
¿Sabes una cosa? Llevo años queriendo marcharme. Pero algo como lo de hoy, compensa con creces el no haber conseguido dinero suficiente para hacerlo. Gracias, Laura.
Un nuevo intento de sonrisa volvió a su rostro.
Gracias a ti. Qué importante es que haya cosas que no cambien.... no sabía donde ir, y tú... ¡sigues en esta casa!
Si, a veces pienso que me ha puesto el ayuntamiento.
Ahora si, una leve sonrisa permitía ver una parte de sus dientes blancos y perfectos. Sus ojos volvían a tornarse líquidos.
Benditos impuestos —dijo antes de que las lágrimas volvieran a brotar de sus ojos.
El agua hervía. Le ofrecí un pañuelo del dispensador que también tengo sobre la mesa y me levanté para servir los tés.
—“Madre mía, madre mía. Nunca la había visto así. Por mucho tiempo que haya pasado....algo muy grave ha tenido que ser. Necesita contarlo... o no, vete tú a saber. Mucho cuidado, dale tiempo. Antes o después...”
Mientras ella se limpiaba las lágrimas y se sonaba, puse las dos tazas sobre la mesa, eché una cucharadita de miel en cada una y volví a sentarme.
—“Esa manera suya de agarrar el borde de la mesa... vamos, Laura..., esa mirada hacia el techo mientras se muerde el labio inferior... sí, toma tierra, Laura... venga, soy yo. Seguro te sentirás mejor...sí, uno de tus suspiros ruidosos, sí... toma aire Laura, toma aire...”
El ruidito de mi cucharilla contra las taza al dar vueltas al té, se vio interrumpido, por fin, por la voz de Laura.
Lo he matado —tragó saliva y tomó aire—. Según se abalanzaba sobre mí, cogí mi abrecartas y se lo clavé en el estómago —volvió a tragar saliva. Las lágrimas estaban a punto de convertirse en llanto—. Cuando fui consciente de lo que había hecho, puse mis manos sobre la herida presionando con todo mi ser. Fue inútil. La sangre no paraba de brotar... ¿qué he hecho? —se llevó las manos a la cara cubriéndola por completo y, con los codos apoyados en la mesa, rompió a llorar de nuevo.
Me levanté, ya está, ya lo ha soltado, joder, joder... y ahora qué... cómo puedo yo... tranquila, tranquila... ante todo, mucha calma... madre mía, madre mía...” Humedecí uno de los trapos de la cocina y de nuevo en mi silla, aparté las manos de su rostro. Con los dedos de una de mis manos agarraba su mentón, mientras con la otra, suave y dulcemente, deslizaba el trapo por su rostro, limpiando los churretes algo tintados de sangre.
Laura permaneció con sus ojos cerrados, dejándose hacer. Parecía que, el frescor del trapo en su rostro le devolviera algo de sosiego. Después, limpié el resto rojizo que quedaba en sus dedos y palmas.
Tomé un trago de té, encendí el porro y tras darle dos caladas se lo pasé diciendo:
Parece defensa propia. Cualquier tribunal lo tendría en cuenta.
Le dio una buena calada, como si quisiera que la sustancia que transportaba aquel humo, se esparciera hasta el último de los rincones de su interior. Me miró fijamente y dijo:
¿Tu crees que existe la defensa propia para una monja?
Sin dejar de mirarla a los ojos, puse la mano que ella tenía libre entre las mías y concluí:
Si tu Dios es tan justo como dicen, seguro que sí.

Bernabéu

Infranqueable Bernabéu

      Sí, sí, lo logré. ¡Estamos dentro! Noche europea en el Bernabéu y mi hermano pequeño, Blas, y yo acabamos de pasar el torno de la puerta 43.
     Él con su carné y yo con el de mi hermano mayor, personal e intransferible en aquella época. Lo guardé en el bolsillo interior de mi cazadora. “De aquí ya no te mueve nadie”.
      Era un ir y venir de personas que se cruzaban en nuestro camino. “Va a estar lleno hasta la bandera”.
     Según subíamos el primer tramo de escaleras, un hombre con traje y corbata nos detuvo y nos dijo algo que, en un primer momento, no logré escuchar bien. ¡Menudo barullo nos rodeaba!
     —¿Perdón?
     —¿Pueden enseñarme sus carnés, por favor?
     Mientras mi hermano sacaba del bolsillo el suyo y se lo mostraba, yo pensaba: “A ver cómo salimos de ésta”
     —El suyo señorita, por favor.
     —Pues..... no se lo doy.
     Le cambió la cara.
     —¿Cómo dice?
     —Que no se lo doy.
    “Y una poca leche” le iba a dar. Sería la tercera vez que me lo requisaban. Mi hermano se quedaría sin carné. De eso nada de nada. Por encima de mi cadáver, vamos.
    —Muy bien señorita. Si no me enseña el carné, tendrá que abandonar el estadio.
     —¡Abandonar el estadio! ¡¡Pero si ya estoy dentro!! ¡¡¡No puede pedirme éso!!!
     —Insisto. Debe usted abandonar el estadio.
     —Lo siento mucho, pero voluntariamente no me voy, no señor.
    Me senté en las escaleras. “De aquí no me mueven ni los bomberos”, pensaba mientras le veía por el rabillo del ojo comenzando a subir. Dios sabría a dónde y a qué.
     Miré a Blas. Desde abajo, me hacía gestos como queriendo decir: “vamos, ahora, por aquí, a correr”. Es curioso, salir corriendo sí me parecía una barbaridad.
     De repente, su cara cambió de expresión. Mirando hacia la parte superior de la escalera, por encima de mi cabeza, parecía decir: “ahora sí que no”.
    Giré la cabeza y vi al típico “gorila de discoteca”, con la cabeza como una bola de billar y una perilla poblada y negra . No sabía que también los hubiera en los campos de fútbol. Bajaba junto Al Corbata, que mientras me señalaba, le decía algo.
     Sin tiempo para reacción alguna, sentí como unos brazos, que parecían piernas, me rodeaban desde atrás y me levantaban sin el más mínimo esfuerzo, bajándome en volandas todo el tramo de escaleras.
     Inmovilizada de cintura para arriba, solo podía patalear mientras pensaba: “maldito Gorila”, ya podrás, ya podrás”, y gritaba: “¡no, no, no!”
     Nos acercábamos a la puerta. Yo continuaba sin tomar tierra y El Gorila estaba a punto de cumplir su objetivo.
     Al pasar junto a los tornos me dije: “no lo vas a tener fácil, Gorila-gorilón. Hoy te vas a ganar el sueldo”, y me agarré a uno de ellos con toda la fuerza de la que fui capaz. Afortunadamente para mí, el hueco de puerta libre que dejaba el torno, era demasiado pequeño. Al Gorila le faltaban brazos.
     Empezaba a formarse corrillo a nuestro alrededor. Yo no estaba en posición de fijarme mucho, pero pude ver alguna cara con mezcla de sorpresa y curiosidad. El partido estaba a punto de comenzar, pero parecía que nadie quería perderse el final de nuestro pequeño espectáculo.
     De repente, a los porteros se les ocurrió la genial idea, dudo que por mérito propio, de apartar los tornos de la puerta. El Gorila tiraba de mí hacia fuera, mientras los porteros tiraban de los tornos hacia dentro. Estaba perdida. No me quedó otra que soltarme y quedar a merced del maldito Gorila, que, con toda la facilidad del mundo, me lanzó hacia el exterior.
    Cuando mis pies tomaron tierra, menudo subidón de adrenalina que tenía en el cuerpo. En mi cabeza, una única idea: “tengo que volver a entrar. Mi hermano está dentro. No sé cómo, pero tengo que volver a entrar”.
     Quedaban pocas personas alrededor del estadio. El partido había empezado. Todos estaban dentro. Todos... ¡menos yo!
     Recorrí un lateral del estadio. Cuando había pasado cuatro o cinco puertas, me dije: “vamos allá, “al toro que es una mona””.
    Con “cara de poker” y como el que va con prisas porque llega tarde, me acerqué al torno e introduje el carné por la rendija correspondiente. Rápidamente, agarré una de las barras del torno y lo empujé para pasar. Se bloqueó frenándome en seco. Claro, era la segunda vez que ese carné atravesaba el lector de códigos. “Lo tienen todo “controlao” estos cabritos”. Pero mira por dónde, me sonrió la fortuna. El portero dijo:
     —No te preocupes. Con las prisas, lo has debido abrir y cerrar al mismo tiempo sin darte cuenta —y…¡me dejó pasar!
     —Claro, que torpe soy, ja, ja, ja. Perdona y gracias —me faltó un pelo para abrazarle y besarle.
     Con una sonrisa que no me cabía en la cara y una excitación pocas veces vivida, “estoy dentro, estoy dentro, no me lo puedo creer, verás cuándo se lo cuente a mi hermano, qué ganas de ver su cara, ja,ja,ja, soy una chica con suerte, si señor”, empecé a subir escaleras y recorrer túneles todo lo rápido que mis piernas me permitían. Escuchaba el rugir de los espectadores, “espero no perderme ningún gol. Por favor, por favor, esperadme que ya llego”.
     Cuando accedí al lugar donde solíamos ver todos los partidos a los que asistí y la penumbra del túnel dio paso a la claridad del graderío, pude ver, por fin, el verde del césped y a los jugadores. “Sí, sí, lo conseguí. Vamos Madrid, hoy si que no puedes perder”.
     Fui en busca de mi hermano, pero no estaba allí. “Vaya hombre, con las ganas que tenía de contarle todo. Bueno, espero llegar al coche antes de que se vaya. Él no sabe que estoy aquí. ¡Cómo va a saberlo!”.
    Toda mi atención estaba por fin en el partido. Sentí movimiento a mi izquierda y giré la cabeza para comprobar qué pasaba. No podía creer lo que mis ojos veían. Era, ni más ni menos que......¡El Gorila! “Madre mía, madre mía, otra vez no, por favor”. 
     Se giró hacia su izquierda y , mientras me señalaba, habló con alguien al que no podía ver con aquel pedazo de cuerpo en medio. De repente, como si del final de un eclipse se tratara, apareció, cómo no....¡la cabeza del Corbata!
     Ambos nos miramos. Nuestras caras parecían decir: “¡Ciento diez mil espectadores y...¡eres tú!!”
     Se acercaba hacía mí. “Madre mía, madre mía, otro numerito no, por favor. No tengo ninguna gana”. Cuál sería mi sorpresa, cuando dijo: “No sé cómo ha conseguido estar aquí, pero, por esta vez.... haré la vista gorda”. De mis labios salió un “gracias”, de todo corazón. Supongo que El Gorila también estaba agradecido. No creo que le apeteciera, bajarme de aquella manera tantos escalones. Se fueron. “Ahora sí que mi hermano no se lo va a creer. Bueno, ni mi hermano, ni nadie.”
     Nada más pitar el final del partido, salí “escopetada”. Cuando llegué al aparcamiento allí estaba el coche. “Bien, no me he quedado en tierra”. Me apoyé en el lateral cruzada de brazos. Mis ojos no dejaban de contemplar la masa de gente que venía por la avenida, buscando la cabeza de mi hermano. “Por ahí aparece. Ya verás cuándo me vea”. Sus ojos se volvieron como platos.
       —¿Has estado aquí durante todo el partido?
      Sonreí arqueando mis cejas mientras hacía" noes" con mi cabeza, acompañados del típico ruidito que se consigue con la lengua golpeando detrás de los dientes superiores y contesté: “La suerte ha estado de mi lado. Ni un ejército de Corbatas con Gorilas, podían haber impedido que viera ese partido”.
     Puso cara de “no me lo puedo creer”. Elevando sus hombros hacía sus orejas, mientras extendía sus antebrazos hacía mí, con las palmas de las manos hacía arriba, añadió: “Pero... ¿Cómo lo has conseguido?”
     —Ya verás, ya. Subamos al coche y te cuento todo de camino a casa.
     Nos echamos unas buenas risas. Cuando llegamos, dejé el carné en el lugar de la estantería donde siempre lo colocábamos. “Aquí estás, sano y salvo. Lástima que haya sido nuestra última vez. ¡Cómo arriesgarse de nuevo! Aunque.... no ha estado nada mal, ¿eh?”



Quince años

Quince años

      Una mañana más, con su toalla al hombro, contemplaba “su calita” desde lo alto de las escaleras. Con cierto asombro, comprobó que no estaba vacía. “Hace quince años que nadie viene a pescar aquí”, pensaba mientras emprendía su descenso.

      En el último escalón se detuvo, se quitó las chanclas, dejó la toalla colgando de la barandilla y de un saltito se posó sobre la arena sintiendo su frescor en la planta de los pies. Moviéndolos a modo de péndulos, los incrustaba en ella y la frescura ascendía hasta los tobillos.
     
          Bien erguida, cerraba los ojos e inspiraba lenta y profundamente. El olor a mar le invadía más allá de los pulmones. Intentaba retenerlo en su interior todo lo que su respiración le permitía y lo expulsaba, suavemente, ablandando su interior y musculatura.

        Tras varias respiraciones, permanecía con los ojos cerrados sintiendo la brisa fresca de la mañana en su rostro y partes al aire de su cuerpo. El vello de sus brazos se erizaba, sus pezones se endurecían y toda su piel parecía de una firmeza adolescente.

         Cuando su cuerpo le pidió movimiento, abrió los ojos y de una carrera atravesó la playa adentrándose en el mar.

          Su mirada periférica captaba al pescador a su izquierda y consciente de que tras un par de zancadas, entraría en su campo visual, se zambulló sin pensarlo dos veces. Antes de que el frío la entumeciera, comenzó a nadar camino de la boya que la protegía de los navegantes.

     Una vez abordada, hizo el muerto junto a ella. Le gustaba contemplar las nubes atravesando el cielo mientras sus oídos, sumergidos, le proporcionaban una sensación de silencio denso. Se sentía ligera mecida por aquella cama infinita y poco a poco, recuperaba el ritmo normal de su respiración.

        Después, le gustaba limpiarse la nariz y garganta a base de inspirar y expirar agua salada y hacer gárgaras con ella. Pero, aquella mañana, la sensación de sentirse observada, la llenó de pudor y evitó las expulsiones estruendosas de mocos y toses. Aún así, las flemas liberadas provocaron que, en cuestión de segundos, estuviera rodeada de peces que emergían para engullirlas en un abrir y cerrar de boca. Algunas veces, podía sentir su viscosidad al rozarle.

         Con los conductos limpios y el sabor a sal esparcido por ellos, se agarró a la boya y contempló la playa. Podía ver la toalla colgada de la barandilla, como si de una pincelada de un gran cuadro bonito y lejano se tratara. Se sorprendió al observar cómo el pescador le saludaba con su brazo derecho en alto y el izquierdo extendido con lo que parecía un termo. “Ese gesto...no puede ser, no puede ser....” inquieta como solo recordaba haber estado de niña el día de Reyes, empezó a nadar de regreso a la playa, dispuesta a aceptar la invitación.

           Al tomar tierra, fue a secarse. No sabía muy bien, si el temblor de sus brazos era debido al frío o a los nervios y envuelta en la toalla, con las chanclas en la mano, se dirigió a la roca donde el pescador esperaba. Su corazón latía más y más rápido según se acercaba. “Ese corte de cara, esa nariz aguileña....pero... ¡es imposible!” El temblor de sus brazos, contagió todo su cuerpo.

          Cuando llegó a la roca, y el pescador extendió su mano para ayudarla a subir, le pareció retroceder en el tiempo. Aquella forma de agarrarse de las muñecas.... Sin duda parecía él.

         Una vez arriba, observó la zona donde aquel hombre había colocado sus útiles de pesca. Algo llamó su atención. Una lata abierta que contenía la masa para cebo. Se acercó y agachándose cogió la tapa que estaba boca-arriba. La volteó despacio. Aunque estaba bastante desgastada y con algo de óxido, todavía se podía apreciar el dibujo de un velero.

         Dirigió su vista hacia el pescador, que permanecía inmóvil observándola y sonriendo de manera cómplice.

         Con su mirada en aquellos ojos y la tapadera en la palma de la mano mostrando aquel dibujo, empezó a caminar con pasos lentos hacia él. Se sumieron en un abrazo con la fuerza e intensidad acumuladas durante años.

         Al despegarse, él continuó rodeándola con sus brazos por la cintura, y ella comenzó a acariciar su cabello. Entrelazando dedos con mechones, lo peinaba hacia atrás, despejando su cara.

          —Eres tú dijo ella con la emoción que provoca el asombro.
          —Si, soy yo, aquí estoy contestó él.
          —Me dijeron que habías muerto.
          —Algo parecido. Tuve que abandonar el país sin...
          —Sin tiempo para despedirte.

        Se soltaron. Él fue a coger el termo y rellenó dos tazas metálicas ofreciéndole una. Se sentaron y bebieron sin dejar de mirarse a los ojos.

         —Sigues sin tomar café solo dijo ella.
        —Si, ya sabes que me gusta el saborcillo que le da el coñac. Además combate mejor el frío.
        —Hacía mucho tiempo.
        —Demasiado.

        Y, en silencio, terminaron de beber.

        —Tengo que irme, ya sabes que si me quedo fría, corro el riesgo de caer enferma.
        —Si, si, lo sé. Tendremos tiempo de volver a vernos y ponernos al día.
        —Conoces mi casa. Pasa cuando quieras.

      Se dieron un nuevo abrazo de despedida. Ella bajó de la roca, y desde la arena, miró hacia arriba y se encontró de nuevo con aquellos ojos.

         —Me alegro de que estés vivo.

        Se sonrieron. Ella le lanzó un beso con su palma de la mano abierta, esperó su gesto de recibido, como era costumbre, dio media vuelta y atravesando la arena llegó a las escaleras. Se detuvo, se volvió y comprobó que él seguía mirándola. Le hizo un gesto de adiós con su mano y subió las escaleras sin mirar atrás.

       Estaba confusa. Recordaba que esos ojos eran el lugar donde mejor se había visto reflejada.




... Luisa...

Pura vida, Luisa, pura vida

          Después de desayunar, Paco cogía su bastón y salía a dar un paseo.
 Hacía la misma ruta desde que se jubiló. Más lentamente, según iban pasando los años.
 Mientras iba por el camino de tierra, su perro, Tor, aprovechaba para corretear por el campo olisqueándolo todo y espantando pájaros.
Uy, uy, uy, Tor, a ti también se te notan los años, ¿eh?
 La primera parada la hacían en un banco colocado al borde de la parte más baja del acantilado, bajo un árbol. Paco se sentaba y sacaba su pipa.
Ya sé, ya sé, debería dejar de fumar. Pero hombre, Luisa, ya sabes que hay momentos....
La encendía y, bocanada tras bocanada, iba enviando hacía el mar, los aros de humo que salían de su boca.
¡Venga!, a ver si llegáis hasta Formentera y saludáis a mi amigo Juan.
Terminada su pipa, la vaciaba golpeándola suavemente contra el banco y la guardaba en el bolsillo de su chaqueta. Permanecía sentado, contemplando el horizonte. Siempre se veía alguna que otra embarcación de vela atravesando el mar, perseguida por su estela.
Tor venía de vez en cuando a comprobar que Paco seguía allí. Le saludaba moviendo el rabo y volvía a desaparecer en el pinar que quedaba a la espalda del banco y que se extendía por el monte. Durante sus ausencias, con frecuencia, se le oía aullar de alegría.
¡Vaya, vaya!, ¿has oído, Luisa? Tor ha vuelto a encontrar algún conejo.
En la siguiente visita, llegaba con la lengua fuera y la respiración agitada . Se sentaba a los pies de su amo.
¡Qué!, ¡estarás contento! Te ha hecho correr, ¿eh? Buen perro, sí señor decía mientras palmeaba su lomo.
La respiración de Tor volvía a su ser y se tumbaba reposando también la cabeza contra el suelo. Paco sentía mucha paz mirándolo mientras dormía. Siempre le parecía que tenía buenos sueños y que sonreía ligeramente.
¿Te acuerdas, Luisa? ¡Nuestros ratitos de sofá contemplando esta maravilla!
Gustaba de extender sus brazos a lo largo del borde del respaldo y mirar hacia arriba. El techo de ramas y hojas meciéndose al viento le traía melodías de antaño y balanceaba su cabeza siguiendo el ritmo imaginario. El vaivén de las hojas permitía a los rayos de sol intercalarse entre ellas. Algunas veces, Paco bajaba la vista y observaba los puntos de luz que aterrizaban sobre su cuerpo. Parecían divertirse dando saltos por su chaqueta y pantalón. Intentaba dar caza a alguno con su dedo, pero, cuando éste aterrizaba, el punto, burlón, ya se había escapado. Y otras, simplemente permanecía boca arriba, imaginando cuál de sus partes sería alcanzada por alguno de aquellos rayos luminosos.
A ratos, cerraba sus ojos para prestar más atención al canto de las aves y a ese inconfundible olor a pino y hierbas silvestres, que dada su cercanía, se imponía al olor a mar.
Llegado el momento en que Paco se disponía a abandonar el banco y comenzar a subir, bastaba un mínimo movimiento suyo para que Tor se pusiera en pie, dispuesto a seguir a su amo.
Nunca había llegado hasta la cima. Se sentía satisfecho recorriendo el primer tramo, cuya pendiente era bastante pequeña y terminaba en unas rocas grandes que se configuraban en forma de sofá de dos plazas pequeñas.
Con movimientos lentos y haciendo uso de todos sus apoyos, poco a poco conseguía llegar a sentarse. La fuerza de sus brazos le iba abandonando, obligándole a arrastrarse un poco para ocupar su posición habitual. Apoyando su espalda en la roca que hacía de respaldo, se arreglaba la ropa que cada día se le retorcía más, cruzaba las piernas y entrelazaba sus manos detrás de la nuca. Sentía la nostalgia de un cuerpo pegadito al suyo.
Ya ves, Luisa, se acabaron los problemas de espacio. Y es que... ¡ocupabas tanto! Y no quiero decir con esto que estuvieras gorda, ¡eh!, que eres de un susceptible....
La nube de gaviotas triangulando en el cielo le seguía entusiasmando como el primer día. Por su mente, a modo de cortes de película, algunos de los momentos pasados jugando con Luisa a dar forma a aquella imagen.
¡Pero qué imaginación! Ja, ja, ja... recuerdas ese día en que...¿un perro?... ¡pero cómo va a ser un perro!”... o aquél otro en que, ni más ni menos, viste un elefante... “¿Pero, dónde está la trompa?... ¿Y las orejas?”... ja, ja, ja. No se puede contigo, Luisa... eres una “inventorcita”.
Con una gran sonrisa, que dejaba ver alguna mella que otra en su boca, miraba a su alrededor y, recordando el título de uno de los libros que leyeron juntos, decía:
¡Pura vida, Luisa, pura vida!

jueves

Hoy es jueves

            Laura, lejos de remolonear unos minutos en la cama, como de costumbre, se levantó de un salto nada más apretar el botón que devolvía el silencio a su habitación.
      
      Normalmente, iba directa a la ducha, pero hoy se entretuvo frente al espejo y, comprobando el brillo de sus ojos, sonrió a la que había al otro lado, haciéndole un guiño de complicidad tras el cual dijo: “¡hoy es jueves!”.

         No todos los días se entretenía en lavarse la cabeza, pero no se conformó con el champú. También utilizó la mascarilla que conseguía que su cabello brillara y estuviera suave como la seda. Ésa que, por ahorrar, solo utilizaba los jueves y festivos.

        Los laborables, procuraba recogerse la melena con un moño bien sujeto. Salvo los jueves, que se dejaba un mechón listo para ser soltado en el instante en que ella lo deseara. No solía maquillarse, pero se puso rimel en los ojos y carmín en los labios, guardando los dos cosméticos en su bolso para poder retocarse en el momento preciso.

           Sintió no ponerse su mejor vestido y mientras lo observaba colgado de la percha, confió en tener una mejor ocasión para usarlo. Eligió una blusa, pensando en que la bata blanca, obligatoria en su trabajo, sí le permitiría lucir escote.

          Con el abrigo puesto y el bolso colgado del hombro, salió de casa hacia el bar donde desayunaba. “¡Café con leche y croissant plancha!”, exclamó el camarero nada más verla. “¡Vaya!, cómo se nota que es jueves”, concluyó.

        Intentaba averiguar qué tenía de especial ese día, pero ella no soltaba prenda. Se limitaba a sentarse en la mesa de siempre y contestar: “así es”, con una sonrisa que iluminaba todo su rostro.

         En el metro, camino del trabajo, las personas del vagón le parecían más guapas y simpáticas. Su imaginación se disparaba y traía imágenes que le hacían esbozar una sonrisa. Se reprimía un poco por aquéllo de que no pensaran que estaba loca pero, disfrutaba tanto, que solía cerrar los ojos para poder sentir mejor el oleaje que recorría su cuerpo.

        Era la primera en llegar. Subió el cierre con el entusiasmo digno de cada jueves, bajándolo de nuevo tras de sí.

       Al atravesar la estancia destinada a la venta al público, se paró frente a la gran dispensadora de caramelos y dijo: “¡es nuestro día!”, dándole una palmadita en el costado como si de un ser humano se tratara.

           Una vez en el obrador, encendía la luz, colgaba el bolso y el abrigo en el perchero y se ponía la bata y el gorrito blancos con la desgana y el fastidio de los jueves.

           A la hora de amasar, jugueteaba dando vueltas y más vueltas. Cuando espolvoreaba la harina, lo hacía a ritmo de canciones que venían a su cabeza sin tener que llamarlas.

         La manga llena entre sus manos le tentaba de hacer formas diferentes a la del churro. Mientras los echaba en la gran freidora, se imaginaba que hoy podrían ser de corazón o de sonrisa y emitía risitas avergonzadas.

         Una tanda tras otra, hasta que la batea de mimbre, donde los depositaba una vez fritos, estuviera llena. Hora de abrir la tienda.

       Seguiría haciendo churros durante toda la mañana, pero permitiéndose pausas para sentarse en un taburete pegado a la pared de baldosines blancos, donde apoyaba su espalda y cabeza. Aprovechaba para hacer ejercicios de respiración que, según había leído en alguna revista, servían para relajarse. Pero hoy, mariposas revoloteando por su estómago y pompas de gozo bailando en su pecho le impedían prestar la más mínima atención a la entrada y salida de aire en sus pulmones.

          Miraba el reloj colgado en la pared de enfrente. Era lo único que parecía ir más lento que de costumbre.

         Según se acercaba la hora, cada vez que escuchaba las campanillas de la puerta de la calle, su cuerpo se ponía en alerta y sus oídos se agudizaban, esperando escuchar el saludo de los jueves.

         Se hacía esperar. El reloj avanzaba y el repiquetear sonaba una y otra vez, pero nunca seguido de aquella voz.

          Las mariposas dejaron de revolotear y su interior se iba volviendo rígido. En una de sus pausas de taburete, su esternón empezó a arder con tanta fuerza, que parecía deshacerse y ascender hasta sus ojos en forma de lágrimas.

         No quería llorar. Hacía que sus ojos recorrieran la estancia de un sitio a otro, diciendo mentalmente cada cosa que veía en cada una de sus pausas visuales. Consiguió tranquilizarse y llegaron los reproches: “¿Cómo puedo ser tan tonta?, apenas le conozco”. Y, medio enfadada y triste, volvió a su tarea.

         El repartidor de caramelos que venía cada jueves, hoy no llegaba. Ése que rellenaba la alta dispensadora con la tapa en su parte superior. Ésa que le obligaba a necesitar una escalera para poder cumplir su cometido. Esa escalera que estaba al fondo del obrador. Ésa que conseguía que él entrara en el lugar donde solo entraba ella. Ésa con la que bailaba y a la que abrazaba en alguna que otra ocasión.

         Nadie podía imaginar lo que suponía para ella ese saludo semanal, ese cruce de miradas y sonrisas. Ese momento que hoy no existió. De vuelta a casa, en el metro, iba tan absorta que casi se pasa de parada. 

            Esa noche cenó sin ganas. Se sentó un rato frente al televisor, mirando sin ver. De vez en cuando hacía algo de zapping. Mero acto mecánico. No podía encontrar nada que despertara su interés.

        Cuando Orfeo comenzó a llamarla, se dirigió al cuarto de baño. Tras cepillarse los dientes, se lavó la cara quitándose el resto de rimel y pensó: “que derroche de recursos”. En ese instante, el mechón se soltó solo, cayendo sobre su mejilla. Dirigiéndose a su reflejo dijo: “lástima”. Después se dio su crema de noche, se soltó el moño y fue a su habitación dispuesta a ponerse el pijama y meterse en la cama.

            Al abrir la cama se decía: “Ha sido un jueves sin jueves”, y cuando apagó la lamparilla, acurrucándose dentro de las sábanas pensó: “quizás mañana sea un viernes con jueves incorporado”, y con una leve sonrisa se dispuso a dormir.


Lavar...

Lavar la ropa

Ilustración: Aurora Rumí

        Cuando éramos pequeños, cada sábado por la tarde, nuestros padres nos llevaban a visitar a mis dos tías. El taxi atravesaba General Ricardos para continuar por una calle en cuesta, al final de la cual, se acababan también el asfalto y nuestro trayecto. Pocos coches se atrevían a circular por una vía tan llena de baches, alguno, casi tan profundo como yo alta. Así que, de vez en cuando en volandas, si lo que deseaba era saltar algún “socavón” con la ayuda de los brazos de mis padres y, la mayor parte a pie, la recorríamos hasta el final, justo antes de que empezara el parque, que era donde vivían. A mi me gustaba quedarme a dormir y así poder pasar el domingo con ellas. 

          Su casa era baja, con un patio adornado con plantas y macetas, algunas colgando de las paredes, y techado por una gran parra, cuyas hojas le daban una sombra digna del mejor toldo.

            En el lateral derecho, había una valla hecha con listones de madera que lo separaba de una antigua cuadra, donde habitaron gallinas y conejos. Y al final de esta valla, justo en el rincón, una pila antigua de piedra. Tal vez de granito.

          Era la típica pila con un solo seno en forma de cubo. Uno de sus lados, a media altura, se convertía en una rampa ondulada para lavar la ropa.

           Mis tías sabían que me gustaba esa tarea, por lo que, de vez en cuando, me reservaban alguna prenda pequeña y fácil de lavar. No era todavía lo suficientemente alta, así que tenía que subirme a un taburete para poder llevarlo a cabo.

            Ponía un tapón en el desagüe, podía ser un calcetín o un trapo viejo destinado a aquel uso, me aseguraba de que estuviera bien colocado y abría el grifo hasta llenar la pila de agua.

       Cogía una prenda, la sumergía para humedecerla y la colocaba en la rampa ondulada, pasándola, un par de veces por cada lado, el jabón que mis tías habían fabricado con el aceite sobrante.

      Al frotarla con mis puños y restregarla por las ondulaciones, la espuma y el agua atravesaban el tejido, produciendo un sonido rítmico, cuya frecuencia dependía de la velocidad a la que yo actuara. Un sonido, que no se me parecía a ningún otro.

            Reconozco que no siempre lo conseguía. Entonces, llamaba a una de mis tías para que me mostrara, de nuevo, como lo hacía ella. Poco a poco fui perfeccionando mi estilo, obteniendo el mismo son que cuando lo hacían ellas. O casi.

          Con una sola acción conseguía música y un movimiento ondulante que, partiendo de mis puños, recorría todo mi cuerpo. Desplazamiento, a veces tan potente, que conseguía contagiar al taburete en el que estaba subida, provocando un sonido más, al golpear sus patas de madera contra el suelo de cemento. En alguna ocasión, me animaba tanto que estaba a punto de perder el equilibrio y caer al suelo, viéndome obligada a hacer una pausa para poder retomar la tarea.

          Después de bien frotada y restregada, llegaba el momento del aclarado. La sumergía en el agua y mis manos la incitaban a bailar, girando en un sentido y otro. Y la sacaba elevando mis brazos al cielo.

        Contemplaba el agua deslizarse por la prenda y churretes cabezudos y transparentes recorrían mis antebrazos hacia mis codos. Antes de que llegaran más lejos, zambullía, de nuevo, la prenda y mis manos en el agua. Su cambio de sentido era inmediato y, desandando lo andado, volvían a formar parte del agua acumulada.

          Si no conseguía bajar los brazos a tiempo y alguna gota lograba alcanzar mi sobaco, mis escalofríos rompían el ritmo y la concentración y yo soltaba risitas nerviosas.

              Cuando estaba segura de haberla aclarado bien, la retorcía con fuerza sobre sí misma para expulsar el agua que tenía acumulada. Al hacerlo, la mayoría de las veces, salpicaba tanto, que era yo quien me empapaba. Y, llegada la hora de tender, casi había que colgarme a mí también, para que me secara al sol junto a la prenda lavada.

               Y pensar que ahora, no podría vivir sin lavadora.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Contagio

Contagio

          Estadio Amsterdam Arena. 20 de mayo de 1998. Final de la copa de Europa.   Juventus-Real Madrid.

       Aunque nuestros asientos estaban situados en la grada lateral superior, a base de recorrer pasillos y bajar escaleras, mi hermano mayor y yo conseguimos llegar hasta el fondo sur, donde sí tenían asiento mi hermano pequeño y un amigo suyo, que habían viajado con nosotros pero habían conseguido sus entradas por otra vía.

          Allí estábamos, los cuatro reunidos rodeados de Ultrasur. El partido comienza. Todo eran cánticos, tambores y palmas. Parece mentira, que esos mismos seres con los que disfrutábamos de aquella manera, sean capaces de actos vandálicos que incluso les acarrean la prohibición de entrar en los estadios de fútbol. Prohibición que deben saltarse fácilmente, ya que entre nosotros, marcando el ritmo sin parar de golpear el tambor, estaba el catalogado como ultra más peligroso. Cuando nos enteramos, mi hermano mayor no podía creer, que fuera ése con el que él se había pasado todo el partido, codo con codo, animándole a no dejar de golpear el bombo. Cosa nada difícil de conseguir.

          Descanso. Empate a cero. Por fin, los jugadores volvieron a salir al campo y comenzó de nuevo el griterío.

       Según iba transcurriendo la segunda parte, como el gol no llegaba, una especie de burbuja invisible nos iba rodeando, haciéndose, a cada minuto, más y más densa.

       Minuto 66. Tras un saque de banda del Real Madrid, Panucci cuelga el balón que, despejado por un defensa juventino, cae a los pies de Roberto Carlos que tira golpeando en un defensa. El rebote es para Mijatovic, que dribla al portero y tira a media altura marcando el 1-0.

         En ese instante, la burbuja que nos rodeaba comenzó a elevarse llevándonos con ella hasta su punto más alto, donde tuvo lugar la explosión, tras la cual, volvimos a tomar tierra como si de fragmentos de algo roto nos tratáramos. Fragmentos que continuaban saltando, abrazándose, gritando y llorando, celebrando haber sido Uno, tras un objetivo común. Unos colores. Tal vez.... un sinsentido. Un sinsentido capaz de permitirme sentir, la experiencia de contagio colectivo más potente y emocionante de mi vida.

        Y allí, en el fondo sur, se vivió el resto del partido con alegría y cánticos. Objetivo cumplido. El Madrid, otra vez campeón de Europa. Cantamos el “We are the champions” como si de Pavarottis nos tratáramos. El pelo se me erizaba, una sensación juguetona en mi estómago subía y bajaba. En alguna de sus subidas llegaba hasta mis ojos, que se llenaban de lágrimas de emoción.

              Solo puedo decir: “Viva el fútbol, el Real Madrid y..... ¡Gracias, Ultrasur!”