Hoy es jueves
Laura, lejos de remolonear unos minutos en la cama, como de costumbre, se levantó de un salto nada más apretar el botón que devolvía el silencio a su habitación.
Normalmente, iba directa a la ducha, pero hoy se entretuvo frente al espejo y, comprobando el brillo de sus ojos, sonrió a la que había al otro lado, haciéndole un guiño de complicidad tras el cual dijo: “¡hoy es jueves!”.
No todos los días se entretenía en lavarse la cabeza, pero no se conformó con el champú. También utilizó la mascarilla que conseguía que su cabello brillara y estuviera suave como la seda. Ésa que, por ahorrar, solo utilizaba los jueves y festivos.
Los laborables, procuraba recogerse la melena con un moño bien sujeto. Salvo los jueves, que se dejaba un mechón listo para ser soltado en el instante en que ella lo deseara. No solía maquillarse, pero se puso rimel en los ojos y carmín en los labios, guardando los dos cosméticos en su bolso para poder retocarse en el momento preciso.
Sintió no ponerse su mejor vestido y mientras lo observaba colgado de la percha, confió en tener una mejor ocasión para usarlo. Eligió una blusa, pensando en que la bata blanca, obligatoria en su trabajo, sí le permitiría lucir escote.
Con el abrigo puesto y el bolso colgado del hombro, salió de casa hacia el bar donde desayunaba. “¡Café con leche y croissant plancha!”, exclamó el camarero nada más verla. “¡Vaya!, cómo se nota que es jueves”, concluyó.
Intentaba averiguar qué tenía de especial ese día, pero ella no soltaba prenda. Se limitaba a sentarse en la mesa de siempre y contestar: “así es”, con una sonrisa que iluminaba todo su rostro.
En el metro, camino del trabajo, las personas del vagón le parecían más guapas y simpáticas. Su imaginación se disparaba y traía imágenes que le hacían esbozar una sonrisa. Se reprimía un poco por aquéllo de que no pensaran que estaba loca pero, disfrutaba tanto, que solía cerrar los ojos para poder sentir mejor el oleaje que recorría su cuerpo.
Era la primera en llegar. Subió el cierre con el entusiasmo digno de cada jueves, bajándolo de nuevo tras de sí.
Al atravesar la estancia destinada a la venta al público, se paró frente a la gran dispensadora de caramelos y dijo: “¡es nuestro día!”, dándole una palmadita en el costado como si de un ser humano se tratara.
Una vez en el obrador, encendía la luz, colgaba el bolso y el abrigo en el perchero y se ponía la bata y el gorrito blancos con la desgana y el fastidio de los jueves.
A la hora de amasar, jugueteaba dando vueltas y más vueltas. Cuando espolvoreaba la harina, lo hacía a ritmo de canciones que venían a su cabeza sin tener que llamarlas.
La manga llena entre sus manos le tentaba de hacer formas diferentes a la del churro. Mientras los echaba en la gran freidora, se imaginaba que hoy podrían ser de corazón o de sonrisa y emitía risitas avergonzadas.
Una tanda tras otra, hasta que la batea de mimbre, donde los depositaba una vez fritos, estuviera llena. Hora de abrir la tienda.
Seguiría haciendo churros durante toda la mañana, pero permitiéndose pausas para sentarse en un taburete pegado a la pared de baldosines blancos, donde apoyaba su espalda y cabeza. Aprovechaba para hacer ejercicios de respiración que, según había leído en alguna revista, servían para relajarse. Pero hoy, mariposas revoloteando por su estómago y pompas de gozo bailando en su pecho le impedían prestar la más mínima atención a la entrada y salida de aire en sus pulmones.
Miraba el reloj colgado en la pared de enfrente. Era lo único que parecía ir más lento que de costumbre.
Según se acercaba la hora, cada vez que escuchaba las campanillas de la puerta de la calle, su cuerpo se ponía en alerta y sus oídos se agudizaban, esperando escuchar el saludo de los jueves.
Se hacía esperar. El reloj avanzaba y el repiquetear sonaba una y otra vez, pero nunca seguido de aquella voz.
Las mariposas dejaron de revolotear y su interior se iba volviendo rígido. En una de sus pausas de taburete, su esternón empezó a arder con tanta fuerza, que parecía deshacerse y ascender hasta sus ojos en forma de lágrimas.
No quería llorar. Hacía que sus ojos recorrieran la estancia de un sitio a otro, diciendo mentalmente cada cosa que veía en cada una de sus pausas visuales. Consiguió tranquilizarse y llegaron los reproches: “¿Cómo puedo ser tan tonta?, apenas le conozco”. Y, medio enfadada y triste, volvió a su tarea.
El repartidor de caramelos que venía cada jueves, hoy no llegaba. Ése que rellenaba la alta dispensadora con la tapa en su parte superior. Ésa que le obligaba a necesitar una escalera para poder cumplir su cometido. Esa escalera que estaba al fondo del obrador. Ésa que conseguía que él entrara en el lugar donde solo entraba ella. Ésa con la que bailaba y a la que abrazaba en alguna que otra ocasión.
Nadie podía imaginar lo que suponía para ella ese saludo semanal, ese cruce de miradas y sonrisas. Ese momento que hoy no existió. De vuelta a casa, en el metro, iba tan absorta que casi se pasa de parada.
Esa noche cenó sin ganas. Se sentó un rato frente al televisor, mirando sin ver. De vez en cuando hacía algo de zapping. Mero acto mecánico. No podía encontrar nada que despertara su interés.
Cuando Orfeo comenzó a llamarla, se dirigió al cuarto de baño. Tras cepillarse los dientes, se lavó la cara quitándose el resto de rimel y pensó: “que derroche de recursos”. En ese instante, el mechón se soltó solo, cayendo sobre su mejilla. Dirigiéndose a su reflejo dijo: “lástima”. Después se dio su crema de noche, se soltó el moño y fue a su habitación dispuesta a ponerse el pijama y meterse en la cama.
Al abrir la cama se decía: “Ha sido un jueves sin jueves”, y cuando apagó la lamparilla, acurrucándose dentro de las sábanas pensó: “quizás mañana sea un viernes con jueves incorporado”, y con una leve sonrisa se dispuso a dormir.
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