jueves, 13 de diciembre de 2012

coincidencias


Coincidencias


     Aquel día, me levanté tan feliz, que pegué un grito y el muro de mi habitación se derrumbó.

            Mi vecino, recién salido de la cama, con el pelo alborotado, se estiraba mientras emitía un sonoro y potente bostezo que me traspasaba, arrastrando mi melena “al viento”.

         Cuando sus ojos se abrieron y me vio, sus órbitas se volvieron como platos, pegó un “alarido” que abrió de golpe la ventana y, a través de ella, echó a volar.

           Tan deprisa iba, que no pudo esquivar al pequeño gorrión que, tras chocar contra él, se le coló por el elástico del pijama.

          Al sentir el impacto, mi vecino bajó la cabeza y su mirada fue directa a su entrepierna. Dos alitas ahuecaban la bragueta y un pequeño pico aparecía, seguido de una cabeza de pájaro, un tanto desorientado.

           El pequeño ave volvió a ocultarse rápidamente tras la abertura, cuando se percató de la presencia de un halcón que, planeando junto al hombre, le miraba con una mezcla de interrogación y amenaza en sus ojos.

        En aquel momento, Carmen, la del séptimo, sacudía una alfombra. El polvo resultante cayó sobre la cabeza del rapaz que, tras tres estornudos, dio media vuelta renunciando a su objetivo.

           Libre de peligro, el gorrión salió de su guarida y comenzó a hacer piruetas alrededor de la cabeza de su salvador dando muestras de alegría. El humano sonrió y dijo: “Vale, vale, ya está bien, que me voy a marear”.

         Entonces, el bicho se colocó bajo su sobaco y, tras guiñarle un ojo, comenzó a aletear. Estuvo hábil para evitar ser atrapado por el brazo que, debido al cosquilleo, automáticamente se plegó, provocando que mi vecino diera un giro de 180 grados. Y, tras gorjear de risa, se despidió con una de sus extremidades, desapareciendo tras una esquina.

      Mi vecino decidió volver a casa, pensando en el rico y energético desayuno que le esperaba. Después de un elegante y suave aterrizaje, comprobó que yo aún estaba allí, inmóvil, sin quitarle ojo.

         Sin moverse del sitio me tendió su mano. Yo, pisando cascotes llegué hasta él y le dí la mía. Y, juntos, nos sentamos a los pies de la cama mirando la ventana.

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