Un té
Abrí la puerta y me encontré con mi amiga Laura, aquélla con la que compartí pupitre durante el bachillerato con las monjas y que decidió dedicarse a Dios. Estaba pálida y tenía las manos llenas de sangre.
—Pero... ¿Qué ha pasado? —exclamé mientras agarraba sus antebrazos, girándolos para ver bien la palma de sus manos.
Me miraba con los ojos tristes y dulces de antaño, un poco más pequeños y arrugados, llenos de lágrimas. Intentaba decir algo, pero el llanto solo le permitía balbucear sonidos ininteligibles.
—Chis, chis, no digas nada —le susurré acurrucándola entre mis brazos.
—“Tranquila, Marina, tu amiga no está herida, esa sangre no es suya...”
De pronto, estalló en mi pecho. Abrazadas en el umbral, mi mano acariciaba su cabeza mientras sus lágrimas calaban mi camisón.
Suavemente, nos separamos. Laura, cabizbaja, sacó un pañuelo y empezó a sonarse fuertemente. Parecía querer expulsar todo el dolor que sentía dentro.
Algo aliviada, secó su nariz, hizo un ovillo con el pañuelo y, totalmente ensangrentado, lo metió en su bolsillo.
Pasé mi brazo por encima de su hombro y la conduje hasta la cocina.
—Siéntate aquí, voy a preparar té —dije mientras apartaba una de las dos sillas de la mesa.
Abrí el mueble para coger la tetera. Mientras el agua hervía me senté en la otra silla, frente a la suya, y cogí de encima de la mesa todo lo necesario para hacerme un porro.
—Seguramente hace años que no fumas. No creo que estuviera bien visto en el convento.
Un ápice de sonrisa apareció en su rostro.
—El último, nos lo fumamos juntas en esta misma mesa —contestó con un hilo de voz.
—¿Sabes una cosa? Llevo años queriendo marcharme. Pero algo como lo de hoy, compensa con creces el no haber conseguido dinero suficiente para hacerlo. Gracias, Laura.
Un nuevo intento de sonrisa volvió a su rostro.
—Gracias a ti. Qué importante es que haya cosas que no cambien.... no sabía donde ir, y tú... ¡sigues en esta casa!
—Si, a veces pienso que me ha puesto el ayuntamiento.
Ahora si, una leve sonrisa permitía ver una parte de sus dientes blancos y perfectos. Sus ojos volvían a tornarse líquidos.
—Benditos impuestos —dijo antes de que las lágrimas volvieran a brotar de sus ojos.
El agua hervía. Le ofrecí un pañuelo del dispensador que también tengo sobre la mesa y me levanté para servir los tés.
—“Madre mía, madre mía. Nunca la había visto así. Por mucho tiempo que haya pasado....algo muy grave ha tenido que ser. Necesita contarlo... o no, vete tú a saber. Mucho cuidado, dale tiempo. Antes o después...”
Mientras ella se limpiaba las lágrimas y se sonaba, puse las dos tazas sobre la mesa, eché una cucharadita de miel en cada una y volví a sentarme.
—“Esa manera suya de agarrar el borde de la mesa... vamos, Laura..., esa mirada hacia el techo mientras se muerde el labio inferior... sí, toma tierra, Laura... venga, soy yo. Seguro te sentirás mejor...sí, uno de tus suspiros ruidosos, sí... toma aire Laura, toma aire...”
El ruidito de mi cucharilla contra las taza al dar vueltas al té, se vio interrumpido, por fin, por la voz de Laura.
—Lo he matado —tragó saliva y tomó aire—. Según se abalanzaba sobre mí, cogí mi abrecartas y se lo clavé en el estómago —volvió a tragar saliva. Las lágrimas estaban a punto de convertirse en llanto—. Cuando fui consciente de lo que había hecho, puse mis manos sobre la herida presionando con todo mi ser. Fue inútil. La sangre no paraba de brotar... ¿qué he hecho? —se llevó las manos a la cara cubriéndola por completo y, con los codos apoyados en la mesa, rompió a llorar de nuevo.
Me levanté, “ya está, ya lo ha soltado, joder, joder... y ahora qué... cómo puedo yo... tranquila, tranquila... ante todo, mucha calma... madre mía, madre mía...” Humedecí uno de los trapos de la cocina y de nuevo en mi silla, aparté las manos de su rostro. Con los dedos de una de mis manos agarraba su mentón, mientras con la otra, suave y dulcemente, deslizaba el trapo por su rostro, limpiando los churretes algo tintados de sangre.
Laura permaneció con sus ojos cerrados, dejándose hacer. Parecía que, el frescor del trapo en su rostro le devolviera algo de sosiego. Después, limpié el resto rojizo que quedaba en sus dedos y palmas.
Tomé un trago de té, encendí el porro y tras darle dos caladas se lo pasé diciendo:
—Parece defensa propia. Cualquier tribunal lo tendría en cuenta.
Le dio una buena calada, como si quisiera que la sustancia que transportaba aquel humo, se esparciera hasta el último de los rincones de su interior. Me miró fijamente y dijo:
—¿Tu crees que existe la defensa propia para una monja?
Sin dejar de mirarla a los ojos, puse la mano que ella tenía libre entre las mías y concluí:
—Si tu Dios es tan justo como dicen, seguro que sí.
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