La definitiva
Elsa estaba terminando de recoger la cocina cuando los alaridos y blasfemias de su marido llegaban desde el área de labranza. Se acercó a la ventana a tiempo de verle pegar una patada al arado y empezar a dar saltos “a la pata coja”, con una mano en el pie que tenía en vilo, emitiendo gruñidos de dolor.
En cuanto pudo tener sus dos apoyos de nuevo en el suelo, hizo ademán de propinar otro puntapié a su herramienta de trabajo pero, en el último instante, se frenó y dio media vuelta.
Con los dientes y puños apretados, hombros elevados y cabeza al frente, atravesaba su tierra directo al árbol donde tenía atado a Stan, su perro. De inmediato, el animal adoptaba postura de sometimiento, dispuesto a recibir toda la cólera de su dueño.
Encogida hasta el alma, Elsa cerraba fuertemente los ojos y tapaba sus oídos.
—No, no, otra vez no, por favor, no... —decía con mezcla de súplica y sufrimiento.
Las lágrimas chocaban contra sus párpados. Nada podía impedir que los quejidos de Stan, despertaran su memoria. Sentía los golpes, tan reales, como cuando los recibía ella. Pero el perro era mucho más duro, no se desvanecía, y el martirio se alargaba hasta que, jadeante y sudoroso, su dueño paraba de puro agotamiento.
Elsa retornaba a la soledad de su cocina, sentándose, lenta y temblorosa, en una silla frente a la mesa. Con los codos apoyados en ella y las palmas de las manos sosteniendo sus sienes, intentaba respirar profundamente para disolver el nudo de culpa instalado en su pecho.
Se odiaba por haber sentido alivio cuando su marido le comunicó que el perro la sustituiría como saco de golpes, porque ya no le servía para la caza.
—Curarte a ti, me sale más caro —había concluido con tono triunfante.
La escena se proyectaba una y otra vez en su imaginario. Fruncía los ojos para impedir verla. Imposible conseguir que dejara de quemar en lo más profundo de su cerebro.
—¡Soy lo peor!, ¡lo peor! —repetía al son de sus puños golpeando el tablero.
Dejó caer la cabeza sobre sus antebrazos y lloró como una niña.
Llenó un pequeño barreño de agua, buscó un trapo y abrió el cajón para coger las tijeras y hacerlo tiras. Mientras cortaba el tejido, las lágrimas volvían a deslizarse por sus mejillas. Recordaba las numerosas ocasiones en que había pensado liberar a Stan y en su cobardía por no haberlo llevado a cabo.
—¡Dios mío!, que no muera, ¡te lo suplico!
Con las tiras en una mano, las tijeras en la otra y el barreño lleno esperando en el fregadero, volvió a la ventana. Los ojos se clavaron en su marido. Estaba a punto de terminar la longitud del surco que le mantenía de espaldas y de girarse para comenzar uno nuevo, paralelo y de cara a ella. Mientras él se acercaba, Elsa se desahogaba sabiéndose a salvo de no ser escuchada.
—¡Tu eres el verdadero animal!, ¡ese perro te entregó sus mejores años!... ¿Cómo puedes?, ¡monstruo, que eres un monstruo!...
Escuchaba las palabras como si no fuera su boca quien las pronunciara. Algo extraño se apoderaba de ella y estaba dispuesta a dejarse llevar como nunca lo había hecho.
En el mismo instante en que su marido volvía a virar y a mostrar espinazo, Elsa vio a Stan levantar la cabeza para lamerse la pata.
—¡Estás vivo!, ¡estás vivo! —exclamó con alivio entusiasmado.
Miró las tiras y las tijeras en sus manos. Las arrojó contra el suelo y fue en busca de su mejor cuchillo. Echó un nuevo vistazo a su esposo, percibiéndole a una distancia apropiada. Asió el mango del arma fuertemente y, sin pensárselo dos veces, espetó: “¡ahora!”, y salió corriendo.
Sin despegar la vista del lomo de su esposo, llegó hasta Stan y cortó la cuerda.
—Vete, Stan, fuera —le dijo casi susurrando.
El perro logró levantarse a duras penas, pero permaneció inmóvil a sus faldas. Elsa empezó a sacudir sus brazos hacia la lejanía, reforzando el movimiento con golpes de cabeza y repetidos “venga”, emitidos con la garganta casi cerrada. Sus ojos iban y venían del amo al perro y viceversa, el ritmo cardiaco se le aceleraba y Stan seguía sin moverse.
Elsa decidió ir al porche y coger la escoba para obligarlo. Al darse la vuelta, palo en mano, observó como Stan, en un intento de ir hacia ella, tras dos tambaleantes pasos, se derrumbaba sobre sus patas.
Elsa, tras comprobar que su marido continuaba a lo suyo, soltó el útil de limpieza y corrió hacia el perro. De rodillas junto a él, acariciaba su cabeza ensangrentada.
—¡Qué he hecho!... ¡seré estúpida!... ¡si no puedes ni con tu alma!
Stan alzó un poco la cabeza para dirigirle una mirada y volver a bajarla. Elsa levantó la vista. Su marido comenzaba a voltearse. Se levantó como un resorte quedándose paralizada. Sus piernas comenzaron a temblar y las vibraciones, poco a poco, fueron esparciéndose por todo su cuerpo. Sus dientes castañeteaban y sus sienes retumbaban mientras sus ojos permanecían anclados en su marido que, cuando levantó la cabeza del arado, empezó a vociferar:
—Pero... ¿qué cojones has hecho?, ¿cómo te atreves? —y dirigiéndose hacia ellos—¡Ahora verás!
Elsa sintió una punzada en las tripas. Su cabeza iba de derecha a izquierda, mientras su mente buscaba una salida. Su mirada periférica abarcó la furgoneta, aparcada en el lateral de la casa. Su marido alcanzaba la mitad del recorrido.
Levantó a Stan del suelo protegiéndolo en su regazo, se dirigió a la entrada de la casa, cogió unas llaves de la mesita del recibidor y corrió en dirección al vehículo. Stan emitía gemidos de dolor con el traqueteo.
—Aguanta, Stan, aguanta.
Llegaron hasta la puerta del copiloto. Elsa la abrió y depositó a Stan en el asiento con diligencia y cuidado. Bordeó la furgoneta y ocupó el lugar del conductor lo más rápido que pudo. Con la sensación de ser otra persona, introdujo y giró la llave en el contacto.
La prisa y la falta de costumbre provocaron que, al iniciar su marcha, las ruedas derraparan escupiendo una gran nube de polvo y arena que se estrelló contra la llegada de su marido.
A través del retrovisor, Elsa le contemplaba, petrificado, observando la furgoneta alejarse.
En cuanto pudo tener sus dos apoyos de nuevo en el suelo, hizo ademán de propinar otro puntapié a su herramienta de trabajo pero, en el último instante, se frenó y dio media vuelta.
Con los dientes y puños apretados, hombros elevados y cabeza al frente, atravesaba su tierra directo al árbol donde tenía atado a Stan, su perro. De inmediato, el animal adoptaba postura de sometimiento, dispuesto a recibir toda la cólera de su dueño.
Encogida hasta el alma, Elsa cerraba fuertemente los ojos y tapaba sus oídos.
—No, no, otra vez no, por favor, no... —decía con mezcla de súplica y sufrimiento.
Las lágrimas chocaban contra sus párpados. Nada podía impedir que los quejidos de Stan, despertaran su memoria. Sentía los golpes, tan reales, como cuando los recibía ella. Pero el perro era mucho más duro, no se desvanecía, y el martirio se alargaba hasta que, jadeante y sudoroso, su dueño paraba de puro agotamiento.
Elsa retornaba a la soledad de su cocina, sentándose, lenta y temblorosa, en una silla frente a la mesa. Con los codos apoyados en ella y las palmas de las manos sosteniendo sus sienes, intentaba respirar profundamente para disolver el nudo de culpa instalado en su pecho.
Se odiaba por haber sentido alivio cuando su marido le comunicó que el perro la sustituiría como saco de golpes, porque ya no le servía para la caza.
—Curarte a ti, me sale más caro —había concluido con tono triunfante.
La escena se proyectaba una y otra vez en su imaginario. Fruncía los ojos para impedir verla. Imposible conseguir que dejara de quemar en lo más profundo de su cerebro.
—¡Soy lo peor!, ¡lo peor! —repetía al son de sus puños golpeando el tablero.
Dejó caer la cabeza sobre sus antebrazos y lloró como una niña.
Llenó un pequeño barreño de agua, buscó un trapo y abrió el cajón para coger las tijeras y hacerlo tiras. Mientras cortaba el tejido, las lágrimas volvían a deslizarse por sus mejillas. Recordaba las numerosas ocasiones en que había pensado liberar a Stan y en su cobardía por no haberlo llevado a cabo.
—¡Dios mío!, que no muera, ¡te lo suplico!
Con las tiras en una mano, las tijeras en la otra y el barreño lleno esperando en el fregadero, volvió a la ventana. Los ojos se clavaron en su marido. Estaba a punto de terminar la longitud del surco que le mantenía de espaldas y de girarse para comenzar uno nuevo, paralelo y de cara a ella. Mientras él se acercaba, Elsa se desahogaba sabiéndose a salvo de no ser escuchada.
—¡Tu eres el verdadero animal!, ¡ese perro te entregó sus mejores años!... ¿Cómo puedes?, ¡monstruo, que eres un monstruo!...
Escuchaba las palabras como si no fuera su boca quien las pronunciara. Algo extraño se apoderaba de ella y estaba dispuesta a dejarse llevar como nunca lo había hecho.
En el mismo instante en que su marido volvía a virar y a mostrar espinazo, Elsa vio a Stan levantar la cabeza para lamerse la pata.
—¡Estás vivo!, ¡estás vivo! —exclamó con alivio entusiasmado.
Miró las tiras y las tijeras en sus manos. Las arrojó contra el suelo y fue en busca de su mejor cuchillo. Echó un nuevo vistazo a su esposo, percibiéndole a una distancia apropiada. Asió el mango del arma fuertemente y, sin pensárselo dos veces, espetó: “¡ahora!”, y salió corriendo.
Sin despegar la vista del lomo de su esposo, llegó hasta Stan y cortó la cuerda.
—Vete, Stan, fuera —le dijo casi susurrando.
El perro logró levantarse a duras penas, pero permaneció inmóvil a sus faldas. Elsa empezó a sacudir sus brazos hacia la lejanía, reforzando el movimiento con golpes de cabeza y repetidos “venga”, emitidos con la garganta casi cerrada. Sus ojos iban y venían del amo al perro y viceversa, el ritmo cardiaco se le aceleraba y Stan seguía sin moverse.
Elsa decidió ir al porche y coger la escoba para obligarlo. Al darse la vuelta, palo en mano, observó como Stan, en un intento de ir hacia ella, tras dos tambaleantes pasos, se derrumbaba sobre sus patas.
Elsa, tras comprobar que su marido continuaba a lo suyo, soltó el útil de limpieza y corrió hacia el perro. De rodillas junto a él, acariciaba su cabeza ensangrentada.
—¡Qué he hecho!... ¡seré estúpida!... ¡si no puedes ni con tu alma!
Stan alzó un poco la cabeza para dirigirle una mirada y volver a bajarla. Elsa levantó la vista. Su marido comenzaba a voltearse. Se levantó como un resorte quedándose paralizada. Sus piernas comenzaron a temblar y las vibraciones, poco a poco, fueron esparciéndose por todo su cuerpo. Sus dientes castañeteaban y sus sienes retumbaban mientras sus ojos permanecían anclados en su marido que, cuando levantó la cabeza del arado, empezó a vociferar:
—Pero... ¿qué cojones has hecho?, ¿cómo te atreves? —y dirigiéndose hacia ellos—¡Ahora verás!
Elsa sintió una punzada en las tripas. Su cabeza iba de derecha a izquierda, mientras su mente buscaba una salida. Su mirada periférica abarcó la furgoneta, aparcada en el lateral de la casa. Su marido alcanzaba la mitad del recorrido.
Levantó a Stan del suelo protegiéndolo en su regazo, se dirigió a la entrada de la casa, cogió unas llaves de la mesita del recibidor y corrió en dirección al vehículo. Stan emitía gemidos de dolor con el traqueteo.
—Aguanta, Stan, aguanta.
Llegaron hasta la puerta del copiloto. Elsa la abrió y depositó a Stan en el asiento con diligencia y cuidado. Bordeó la furgoneta y ocupó el lugar del conductor lo más rápido que pudo. Con la sensación de ser otra persona, introdujo y giró la llave en el contacto.
La prisa y la falta de costumbre provocaron que, al iniciar su marcha, las ruedas derraparan escupiendo una gran nube de polvo y arena que se estrelló contra la llegada de su marido.
A través del retrovisor, Elsa le contemplaba, petrificado, observando la furgoneta alejarse.
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