jueves, 13 de diciembre de 2012

Lavar...

Lavar la ropa

Ilustración: Aurora Rumí

        Cuando éramos pequeños, cada sábado por la tarde, nuestros padres nos llevaban a visitar a mis dos tías. El taxi atravesaba General Ricardos para continuar por una calle en cuesta, al final de la cual, se acababan también el asfalto y nuestro trayecto. Pocos coches se atrevían a circular por una vía tan llena de baches, alguno, casi tan profundo como yo alta. Así que, de vez en cuando en volandas, si lo que deseaba era saltar algún “socavón” con la ayuda de los brazos de mis padres y, la mayor parte a pie, la recorríamos hasta el final, justo antes de que empezara el parque, que era donde vivían. A mi me gustaba quedarme a dormir y así poder pasar el domingo con ellas. 

          Su casa era baja, con un patio adornado con plantas y macetas, algunas colgando de las paredes, y techado por una gran parra, cuyas hojas le daban una sombra digna del mejor toldo.

            En el lateral derecho, había una valla hecha con listones de madera que lo separaba de una antigua cuadra, donde habitaron gallinas y conejos. Y al final de esta valla, justo en el rincón, una pila antigua de piedra. Tal vez de granito.

          Era la típica pila con un solo seno en forma de cubo. Uno de sus lados, a media altura, se convertía en una rampa ondulada para lavar la ropa.

           Mis tías sabían que me gustaba esa tarea, por lo que, de vez en cuando, me reservaban alguna prenda pequeña y fácil de lavar. No era todavía lo suficientemente alta, así que tenía que subirme a un taburete para poder llevarlo a cabo.

            Ponía un tapón en el desagüe, podía ser un calcetín o un trapo viejo destinado a aquel uso, me aseguraba de que estuviera bien colocado y abría el grifo hasta llenar la pila de agua.

       Cogía una prenda, la sumergía para humedecerla y la colocaba en la rampa ondulada, pasándola, un par de veces por cada lado, el jabón que mis tías habían fabricado con el aceite sobrante.

      Al frotarla con mis puños y restregarla por las ondulaciones, la espuma y el agua atravesaban el tejido, produciendo un sonido rítmico, cuya frecuencia dependía de la velocidad a la que yo actuara. Un sonido, que no se me parecía a ningún otro.

            Reconozco que no siempre lo conseguía. Entonces, llamaba a una de mis tías para que me mostrara, de nuevo, como lo hacía ella. Poco a poco fui perfeccionando mi estilo, obteniendo el mismo son que cuando lo hacían ellas. O casi.

          Con una sola acción conseguía música y un movimiento ondulante que, partiendo de mis puños, recorría todo mi cuerpo. Desplazamiento, a veces tan potente, que conseguía contagiar al taburete en el que estaba subida, provocando un sonido más, al golpear sus patas de madera contra el suelo de cemento. En alguna ocasión, me animaba tanto que estaba a punto de perder el equilibrio y caer al suelo, viéndome obligada a hacer una pausa para poder retomar la tarea.

          Después de bien frotada y restregada, llegaba el momento del aclarado. La sumergía en el agua y mis manos la incitaban a bailar, girando en un sentido y otro. Y la sacaba elevando mis brazos al cielo.

        Contemplaba el agua deslizarse por la prenda y churretes cabezudos y transparentes recorrían mis antebrazos hacia mis codos. Antes de que llegaran más lejos, zambullía, de nuevo, la prenda y mis manos en el agua. Su cambio de sentido era inmediato y, desandando lo andado, volvían a formar parte del agua acumulada.

          Si no conseguía bajar los brazos a tiempo y alguna gota lograba alcanzar mi sobaco, mis escalofríos rompían el ritmo y la concentración y yo soltaba risitas nerviosas.

              Cuando estaba segura de haberla aclarado bien, la retorcía con fuerza sobre sí misma para expulsar el agua que tenía acumulada. Al hacerlo, la mayoría de las veces, salpicaba tanto, que era yo quien me empapaba. Y, llegada la hora de tender, casi había que colgarme a mí también, para que me secara al sol junto a la prenda lavada.

               Y pensar que ahora, no podría vivir sin lavadora.

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