jueves, 13 de diciembre de 2012

Quince años

Quince años

      Una mañana más, con su toalla al hombro, contemplaba “su calita” desde lo alto de las escaleras. Con cierto asombro, comprobó que no estaba vacía. “Hace quince años que nadie viene a pescar aquí”, pensaba mientras emprendía su descenso.

      En el último escalón se detuvo, se quitó las chanclas, dejó la toalla colgando de la barandilla y de un saltito se posó sobre la arena sintiendo su frescor en la planta de los pies. Moviéndolos a modo de péndulos, los incrustaba en ella y la frescura ascendía hasta los tobillos.
     
          Bien erguida, cerraba los ojos e inspiraba lenta y profundamente. El olor a mar le invadía más allá de los pulmones. Intentaba retenerlo en su interior todo lo que su respiración le permitía y lo expulsaba, suavemente, ablandando su interior y musculatura.

        Tras varias respiraciones, permanecía con los ojos cerrados sintiendo la brisa fresca de la mañana en su rostro y partes al aire de su cuerpo. El vello de sus brazos se erizaba, sus pezones se endurecían y toda su piel parecía de una firmeza adolescente.

         Cuando su cuerpo le pidió movimiento, abrió los ojos y de una carrera atravesó la playa adentrándose en el mar.

          Su mirada periférica captaba al pescador a su izquierda y consciente de que tras un par de zancadas, entraría en su campo visual, se zambulló sin pensarlo dos veces. Antes de que el frío la entumeciera, comenzó a nadar camino de la boya que la protegía de los navegantes.

     Una vez abordada, hizo el muerto junto a ella. Le gustaba contemplar las nubes atravesando el cielo mientras sus oídos, sumergidos, le proporcionaban una sensación de silencio denso. Se sentía ligera mecida por aquella cama infinita y poco a poco, recuperaba el ritmo normal de su respiración.

        Después, le gustaba limpiarse la nariz y garganta a base de inspirar y expirar agua salada y hacer gárgaras con ella. Pero, aquella mañana, la sensación de sentirse observada, la llenó de pudor y evitó las expulsiones estruendosas de mocos y toses. Aún así, las flemas liberadas provocaron que, en cuestión de segundos, estuviera rodeada de peces que emergían para engullirlas en un abrir y cerrar de boca. Algunas veces, podía sentir su viscosidad al rozarle.

         Con los conductos limpios y el sabor a sal esparcido por ellos, se agarró a la boya y contempló la playa. Podía ver la toalla colgada de la barandilla, como si de una pincelada de un gran cuadro bonito y lejano se tratara. Se sorprendió al observar cómo el pescador le saludaba con su brazo derecho en alto y el izquierdo extendido con lo que parecía un termo. “Ese gesto...no puede ser, no puede ser....” inquieta como solo recordaba haber estado de niña el día de Reyes, empezó a nadar de regreso a la playa, dispuesta a aceptar la invitación.

           Al tomar tierra, fue a secarse. No sabía muy bien, si el temblor de sus brazos era debido al frío o a los nervios y envuelta en la toalla, con las chanclas en la mano, se dirigió a la roca donde el pescador esperaba. Su corazón latía más y más rápido según se acercaba. “Ese corte de cara, esa nariz aguileña....pero... ¡es imposible!” El temblor de sus brazos, contagió todo su cuerpo.

          Cuando llegó a la roca, y el pescador extendió su mano para ayudarla a subir, le pareció retroceder en el tiempo. Aquella forma de agarrarse de las muñecas.... Sin duda parecía él.

         Una vez arriba, observó la zona donde aquel hombre había colocado sus útiles de pesca. Algo llamó su atención. Una lata abierta que contenía la masa para cebo. Se acercó y agachándose cogió la tapa que estaba boca-arriba. La volteó despacio. Aunque estaba bastante desgastada y con algo de óxido, todavía se podía apreciar el dibujo de un velero.

         Dirigió su vista hacia el pescador, que permanecía inmóvil observándola y sonriendo de manera cómplice.

         Con su mirada en aquellos ojos y la tapadera en la palma de la mano mostrando aquel dibujo, empezó a caminar con pasos lentos hacia él. Se sumieron en un abrazo con la fuerza e intensidad acumuladas durante años.

         Al despegarse, él continuó rodeándola con sus brazos por la cintura, y ella comenzó a acariciar su cabello. Entrelazando dedos con mechones, lo peinaba hacia atrás, despejando su cara.

          —Eres tú dijo ella con la emoción que provoca el asombro.
          —Si, soy yo, aquí estoy contestó él.
          —Me dijeron que habías muerto.
          —Algo parecido. Tuve que abandonar el país sin...
          —Sin tiempo para despedirte.

        Se soltaron. Él fue a coger el termo y rellenó dos tazas metálicas ofreciéndole una. Se sentaron y bebieron sin dejar de mirarse a los ojos.

         —Sigues sin tomar café solo dijo ella.
        —Si, ya sabes que me gusta el saborcillo que le da el coñac. Además combate mejor el frío.
        —Hacía mucho tiempo.
        —Demasiado.

        Y, en silencio, terminaron de beber.

        —Tengo que irme, ya sabes que si me quedo fría, corro el riesgo de caer enferma.
        —Si, si, lo sé. Tendremos tiempo de volver a vernos y ponernos al día.
        —Conoces mi casa. Pasa cuando quieras.

      Se dieron un nuevo abrazo de despedida. Ella bajó de la roca, y desde la arena, miró hacia arriba y se encontró de nuevo con aquellos ojos.

         —Me alegro de que estés vivo.

        Se sonrieron. Ella le lanzó un beso con su palma de la mano abierta, esperó su gesto de recibido, como era costumbre, dio media vuelta y atravesando la arena llegó a las escaleras. Se detuvo, se volvió y comprobó que él seguía mirándola. Le hizo un gesto de adiós con su mano y subió las escaleras sin mirar atrás.

       Estaba confusa. Recordaba que esos ojos eran el lugar donde mejor se había visto reflejada.




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