jueves, 13 de diciembre de 2012

... Luisa...

Pura vida, Luisa, pura vida

          Después de desayunar, Paco cogía su bastón y salía a dar un paseo.
 Hacía la misma ruta desde que se jubiló. Más lentamente, según iban pasando los años.
 Mientras iba por el camino de tierra, su perro, Tor, aprovechaba para corretear por el campo olisqueándolo todo y espantando pájaros.
Uy, uy, uy, Tor, a ti también se te notan los años, ¿eh?
 La primera parada la hacían en un banco colocado al borde de la parte más baja del acantilado, bajo un árbol. Paco se sentaba y sacaba su pipa.
Ya sé, ya sé, debería dejar de fumar. Pero hombre, Luisa, ya sabes que hay momentos....
La encendía y, bocanada tras bocanada, iba enviando hacía el mar, los aros de humo que salían de su boca.
¡Venga!, a ver si llegáis hasta Formentera y saludáis a mi amigo Juan.
Terminada su pipa, la vaciaba golpeándola suavemente contra el banco y la guardaba en el bolsillo de su chaqueta. Permanecía sentado, contemplando el horizonte. Siempre se veía alguna que otra embarcación de vela atravesando el mar, perseguida por su estela.
Tor venía de vez en cuando a comprobar que Paco seguía allí. Le saludaba moviendo el rabo y volvía a desaparecer en el pinar que quedaba a la espalda del banco y que se extendía por el monte. Durante sus ausencias, con frecuencia, se le oía aullar de alegría.
¡Vaya, vaya!, ¿has oído, Luisa? Tor ha vuelto a encontrar algún conejo.
En la siguiente visita, llegaba con la lengua fuera y la respiración agitada . Se sentaba a los pies de su amo.
¡Qué!, ¡estarás contento! Te ha hecho correr, ¿eh? Buen perro, sí señor decía mientras palmeaba su lomo.
La respiración de Tor volvía a su ser y se tumbaba reposando también la cabeza contra el suelo. Paco sentía mucha paz mirándolo mientras dormía. Siempre le parecía que tenía buenos sueños y que sonreía ligeramente.
¿Te acuerdas, Luisa? ¡Nuestros ratitos de sofá contemplando esta maravilla!
Gustaba de extender sus brazos a lo largo del borde del respaldo y mirar hacia arriba. El techo de ramas y hojas meciéndose al viento le traía melodías de antaño y balanceaba su cabeza siguiendo el ritmo imaginario. El vaivén de las hojas permitía a los rayos de sol intercalarse entre ellas. Algunas veces, Paco bajaba la vista y observaba los puntos de luz que aterrizaban sobre su cuerpo. Parecían divertirse dando saltos por su chaqueta y pantalón. Intentaba dar caza a alguno con su dedo, pero, cuando éste aterrizaba, el punto, burlón, ya se había escapado. Y otras, simplemente permanecía boca arriba, imaginando cuál de sus partes sería alcanzada por alguno de aquellos rayos luminosos.
A ratos, cerraba sus ojos para prestar más atención al canto de las aves y a ese inconfundible olor a pino y hierbas silvestres, que dada su cercanía, se imponía al olor a mar.
Llegado el momento en que Paco se disponía a abandonar el banco y comenzar a subir, bastaba un mínimo movimiento suyo para que Tor se pusiera en pie, dispuesto a seguir a su amo.
Nunca había llegado hasta la cima. Se sentía satisfecho recorriendo el primer tramo, cuya pendiente era bastante pequeña y terminaba en unas rocas grandes que se configuraban en forma de sofá de dos plazas pequeñas.
Con movimientos lentos y haciendo uso de todos sus apoyos, poco a poco conseguía llegar a sentarse. La fuerza de sus brazos le iba abandonando, obligándole a arrastrarse un poco para ocupar su posición habitual. Apoyando su espalda en la roca que hacía de respaldo, se arreglaba la ropa que cada día se le retorcía más, cruzaba las piernas y entrelazaba sus manos detrás de la nuca. Sentía la nostalgia de un cuerpo pegadito al suyo.
Ya ves, Luisa, se acabaron los problemas de espacio. Y es que... ¡ocupabas tanto! Y no quiero decir con esto que estuvieras gorda, ¡eh!, que eres de un susceptible....
La nube de gaviotas triangulando en el cielo le seguía entusiasmando como el primer día. Por su mente, a modo de cortes de película, algunos de los momentos pasados jugando con Luisa a dar forma a aquella imagen.
¡Pero qué imaginación! Ja, ja, ja... recuerdas ese día en que...¿un perro?... ¡pero cómo va a ser un perro!”... o aquél otro en que, ni más ni menos, viste un elefante... “¿Pero, dónde está la trompa?... ¿Y las orejas?”... ja, ja, ja. No se puede contigo, Luisa... eres una “inventorcita”.
Con una gran sonrisa, que dejaba ver alguna mella que otra en su boca, miraba a su alrededor y, recordando el título de uno de los libros que leyeron juntos, decía:
¡Pura vida, Luisa, pura vida!

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