Infranqueable Bernabéu
Sí, sí, lo logré. ¡Estamos dentro! Noche europea en el Bernabéu y mi hermano pequeño, Blas, y yo acabamos de pasar el torno de la puerta 43.
Él con su carné y yo con el de mi hermano mayor, personal e intransferible en aquella época. Lo guardé en el bolsillo interior de mi cazadora. “De aquí ya no te mueve nadie”.
Era un ir y venir de personas que se cruzaban en nuestro camino. “Va a estar lleno hasta la bandera”.
Según subíamos el primer tramo de escaleras, un hombre con traje y corbata nos detuvo y nos dijo algo que, en un primer momento, no logré escuchar bien. ¡Menudo barullo nos rodeaba!
—¿Perdón?
—¿Pueden enseñarme sus carnés, por favor?
Mientras mi hermano sacaba del bolsillo el suyo y se lo mostraba, yo pensaba: “A ver cómo salimos de ésta”
—El suyo señorita, por favor.
—Pues..... no se lo doy.
Le cambió la cara.
—¿Cómo dice?
—Que no se lo doy.
“Y una poca leche” le iba a dar. Sería la tercera vez que me lo requisaban. Mi hermano se quedaría sin carné. De eso nada de nada. Por encima de mi cadáver, vamos.
—Muy bien señorita. Si no me enseña el carné, tendrá que abandonar el estadio.
—¡Abandonar el estadio! ¡¡Pero si ya estoy dentro!! ¡¡¡No puede pedirme éso!!!
—Insisto. Debe usted abandonar el estadio.
—Lo siento mucho, pero voluntariamente no me voy, no señor.
Me senté en las escaleras. “De aquí no me mueven ni los bomberos”, pensaba mientras le veía por el rabillo del ojo comenzando a subir. Dios sabría a dónde y a qué.
Miré a Blas. Desde abajo, me hacía gestos como queriendo decir: “vamos, ahora, por aquí, a correr”. Es curioso, salir corriendo sí me parecía una barbaridad.
De repente, su cara cambió de expresión. Mirando hacia la parte superior de la escalera, por encima de mi cabeza, parecía decir: “ahora sí que no”.
Giré la cabeza y vi al típico “gorila de discoteca”, con la cabeza como una bola de billar y una perilla poblada y negra . No sabía que también los hubiera en los campos de fútbol. Bajaba junto Al Corbata, que mientras me señalaba, le decía algo.
Sin tiempo para reacción alguna, sentí como unos brazos, que parecían piernas, me rodeaban desde atrás y me levantaban sin el más mínimo esfuerzo, bajándome en volandas todo el tramo de escaleras.
Inmovilizada de cintura para arriba, solo podía patalear mientras pensaba: “maldito Gorila”, ya podrás, ya podrás”, y gritaba: “¡no, no, no!”
Nos acercábamos a la puerta. Yo continuaba sin tomar tierra y El Gorila estaba a punto de cumplir su objetivo.
Al pasar junto a los tornos me dije: “no lo vas a tener fácil, Gorila-gorilón. Hoy te vas a ganar el sueldo”, y me agarré a uno de ellos con toda la fuerza de la que fui capaz. Afortunadamente para mí, el hueco de puerta libre que dejaba el torno, era demasiado pequeño. Al Gorila le faltaban brazos.
Empezaba a formarse corrillo a nuestro alrededor. Yo no estaba en posición de fijarme mucho, pero pude ver alguna cara con mezcla de sorpresa y curiosidad. El partido estaba a punto de comenzar, pero parecía que nadie quería perderse el final de nuestro pequeño espectáculo.
De repente, a los porteros se les ocurrió la genial idea, dudo que por mérito propio, de apartar los tornos de la puerta. El Gorila tiraba de mí hacia fuera, mientras los porteros tiraban de los tornos hacia dentro. Estaba perdida. No me quedó otra que soltarme y quedar a merced del maldito Gorila, que, con toda la facilidad del mundo, me lanzó hacia el exterior.
Cuando mis pies tomaron tierra, menudo subidón de adrenalina que tenía en el cuerpo. En mi cabeza, una única idea: “tengo que volver a entrar. Mi hermano está dentro. No sé cómo, pero tengo que volver a entrar”.
Quedaban pocas personas alrededor del estadio. El partido había empezado. Todos estaban dentro. Todos... ¡menos yo!
Recorrí un lateral del estadio. Cuando había pasado cuatro o cinco puertas, me dije: “vamos allá, “al toro que es una mona””.
Con “cara de poker” y como el que va con prisas porque llega tarde, me acerqué al torno e introduje el carné por la rendija correspondiente. Rápidamente, agarré una de las barras del torno y lo empujé para pasar. Se bloqueó frenándome en seco. Claro, era la segunda vez que ese carné atravesaba el lector de códigos. “Lo tienen todo “controlao” estos cabritos”. Pero mira por dónde, me sonrió la fortuna. El portero dijo:
—No te preocupes. Con las prisas, lo has debido abrir y cerrar al mismo tiempo sin darte cuenta —y…¡me dejó pasar!
—Claro, que torpe soy, ja, ja, ja. Perdona y gracias —me faltó un pelo para abrazarle y besarle.
Con una sonrisa que no me cabía en la cara y una excitación pocas veces vivida, “estoy dentro, estoy dentro, no me lo puedo creer, verás cuándo se lo cuente a mi hermano, qué ganas de ver su cara, ja,ja,ja, soy una chica con suerte, si señor”, empecé a subir escaleras y recorrer túneles todo lo rápido que mis piernas me permitían. Escuchaba el rugir de los espectadores, “espero no perderme ningún gol. Por favor, por favor, esperadme que ya llego”.
Cuando accedí al lugar donde solíamos ver todos los partidos a los que asistí y la penumbra del túnel dio paso a la claridad del graderío, pude ver, por fin, el verde del césped y a los jugadores. “Sí, sí, lo conseguí. Vamos Madrid, hoy si que no puedes perder”.
Fui en busca de mi hermano, pero no estaba allí. “Vaya hombre, con las ganas que tenía de contarle todo. Bueno, espero llegar al coche antes de que se vaya. Él no sabe que estoy aquí. ¡Cómo va a saberlo!”.
Toda mi atención estaba por fin en el partido. Sentí movimiento a mi izquierda y giré la cabeza para comprobar qué pasaba. No podía creer lo que mis ojos veían. Era, ni más ni menos que......¡El Gorila! “Madre mía, madre mía, otra vez no, por favor”.
Se giró hacia su izquierda y , mientras me señalaba, habló con alguien al que no podía ver con aquel pedazo de cuerpo en medio. De repente, como si del final de un eclipse se tratara, apareció, cómo no....¡la cabeza del Corbata!
Se giró hacia su izquierda y , mientras me señalaba, habló con alguien al que no podía ver con aquel pedazo de cuerpo en medio. De repente, como si del final de un eclipse se tratara, apareció, cómo no....¡la cabeza del Corbata!
Ambos nos miramos. Nuestras caras parecían decir: “¡Ciento diez mil espectadores y...¡eres tú!!”
Se acercaba hacía mí. “Madre mía, madre mía, otro numerito no, por favor. No tengo ninguna gana”. Cuál sería mi sorpresa, cuando dijo: “No sé cómo ha conseguido estar aquí, pero, por esta vez.... haré la vista gorda”. De mis labios salió un “gracias”, de todo corazón. Supongo que El Gorila también estaba agradecido. No creo que le apeteciera, bajarme de aquella manera tantos escalones. Se fueron. “Ahora sí que mi hermano no se lo va a creer. Bueno, ni mi hermano, ni nadie.”
Nada más pitar el final del partido, salí “escopetada”. Cuando llegué al aparcamiento allí estaba el coche. “Bien, no me he quedado en tierra”. Me apoyé en el lateral cruzada de brazos. Mis ojos no dejaban de contemplar la masa de gente que venía por la avenida, buscando la cabeza de mi hermano. “Por ahí aparece. Ya verás cuándo me vea”. Sus ojos se volvieron como platos.
—¿Has estado aquí durante todo el partido?
Sonreí arqueando mis cejas mientras hacía" noes" con mi cabeza, acompañados del típico ruidito que se consigue con la lengua golpeando detrás de los dientes superiores y contesté: “La suerte ha estado de mi lado. Ni un ejército de Corbatas con Gorilas, podían haber impedido que viera ese partido”.
Puso cara de “no me lo puedo creer”. Elevando sus hombros hacía sus orejas, mientras extendía sus antebrazos hacía mí, con las palmas de las manos hacía arriba, añadió: “Pero... ¿Cómo lo has conseguido?”
—Ya verás, ya. Subamos al coche y te cuento todo de camino a casa.
Nos echamos unas buenas risas. Cuando llegamos, dejé el carné en el lugar de la estantería donde siempre lo colocábamos. “Aquí estás, sano y salvo. Lástima que haya sido nuestra última vez. ¡Cómo arriesgarse de nuevo! Aunque.... no ha estado nada mal, ¿eh?”
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