Y ahora... ¿qué?
Se dirigió
al despacho de su marido para consultar un libro. Descorrió la puerta con ambas manos y en el mismo instante en que la abertura le
permitió contemplar el interior de la estancia, su mirada fue directa al
porta-retratos que contenía su rostro sonriente y feliz, situado sobre el
escritorio brillante de roble macizo.
Al
observarlo, boca abajo contra el tablero, un calambrazo recorrió sus tripas y
las piernas le empezaron a flojear.
Temerosa de que dejaran de sostenerla, encorvada dio un par de pasos
temblorosos hacia una de las sillas destinadas a las visitas, colocadas junto
al borde del buró. Se apoyó en el
respaldo para terminar el recorrido que le permitiría dejarse caer sobre el
asiento.
No podía
desclavar los ojos del mal colocado objeto. Su cara apelmazada contra el
cristal le impedía respirar. Se desabrochó un par de botones del cuello de la
blusa mientras se sumergía en la más profunda y densa oscuridad. El marco, a
modo de ventosa incrustada en la madera,
inhabilitaba la escapada e impedía la más mínima entrada de aire y luz.
Lo peor para ella era la losa que aplastaba su cabeza y de la cual sospechaba
no poder liberarse jamás.
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