lunes, 23 de septiembre de 2013

Vente, vente

Vente, vente

       Nada más escuchar aquella introducción de guitarra flamenca, los veteranos de la compañía de teatro acudíamos a la zona de baile de nuestra gran sala diáfana.
    
       De puntos dispersos mutábamos en líneas convergentes que, al alcanzar su objetivo, estallaban de alegría al son de vítores: “¡viva Rocío!”, “¡va por ti, guapa!”,  para empezar a bailar, emulando la gracia y el arte con la que tantas veces ella nos había deleitado, mientras cantábamos a gritos “su” canción. “Vente, vente”, decía la letra y nuestros ojos brillaban de nostalgia.

      Quizás, en algún instante de los minutos que duraba la canción, a Rocío le pitaran los oídos o se le regocijara el alma al otro lado del charco, donde Cupido la había enviado tras flecharla con un porteño. Sí, tal vez aquellas notas musicales, impulsadas por tanto anhelo, fueran capaces de colarse por el pedazo de cristal roto de la vidriera, para ascender por el patio vecinal dispuestas a atravesar ciudades y campos, deslizarse sobre el océano y, finalmente, estrellarse en su pecho. Y puede que Rocío riera sin venir a cuento en el momento en que la canción terminaba y nosotros explosionábamos de júbilo entre palmas y carcajadas.

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