Vente, vente
Nada más escuchar
aquella introducción de guitarra flamenca, los veteranos de la compañía de
teatro acudíamos a la zona de baile de nuestra gran sala diáfana.
De puntos
dispersos mutábamos en líneas convergentes que, al alcanzar su objetivo,
estallaban de alegría al son de vítores: “¡viva Rocío!”, “¡va por ti,
guapa!”, para empezar a bailar, emulando
la gracia y el arte con la que tantas veces ella nos había deleitado, mientras
cantábamos a gritos “su” canción. “Vente, vente”, decía la letra y nuestros
ojos brillaban de nostalgia.
Quizás, en
algún instante de los minutos que duraba la canción, a Rocío le pitaran los
oídos o se le regocijara el alma al otro lado del charco, donde Cupido la había
enviado tras flecharla con un porteño. Sí, tal vez aquellas notas musicales,
impulsadas por tanto anhelo, fueran capaces de colarse por el pedazo de cristal
roto de la vidriera, para ascender por el patio vecinal dispuestas a atravesar
ciudades y campos, deslizarse sobre el océano y, finalmente, estrellarse en su
pecho. Y puede que Rocío riera sin venir a cuento en el momento en que la
canción terminaba y nosotros explosionábamos de júbilo entre palmas y
carcajadas.
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